Editorial, Redacción Durante las últimas semanas, la soberanía volvió a ocupar un lugar importante en el discurso del Gobierno. En Aysén, la conversación tiene un sentido bastante concreto: qué significa realmente que el Estado esté presente en un territorio.
Porque hablar de soberanía no debería reducirse a fronteras, mapas o presencia militar. También tiene que ver con las condiciones de vida de quienes habitan esos territorios.
En una región como Aysén, contar con especialistas médicos, acceder a una educación de calidad, tener conectividad, servicios públicos que funcionen y condiciones adecuadas para vivir también es una forma de presencia del Estado.
Eso es lo que han planteado parlamentarios de la región al pedir una mayor presencia del Estado en las zonas extremas. No es una discusión nueva. Tampoco es una inquietud exclusiva de Aysén. En Magallanes existe una preocupación parecida y distintas autoridades han puesto sobre la mesa las dificultades que enfrentan quienes viven en estos territorios.
La comparación con Argentina aparece inevitablemente. Al otro lado de la frontera existe una política de ocupación y desarrollo de sus territorios australes que muchas veces se mira como referencia. Podemos discutir si ese modelo sirve para Chile, pero hay algo que vale la pena observar: los países también hacen soberanía cuando crean condiciones para que las personas puedan vivir y desarrollarse en lugares alejados.
Una hora más de viaje puede ser mucho más que una hora. Una especialidad médica que no existe en la región puede significar un viaje a Santiago. Estudiar una carrera determinada puede significar dejar la casa. Y llegar a una localidad apartada puede requerir tiempo, planificación y recursos que en otras partes del país no son necesarios.
Por eso la soberanía no puede ser solamente un concepto que aparece ante una preocupación fronteriza. Tiene que sentirse en la vida diaria.
El desafío para el Estado es mirar estas regiones con una perspectiva distinta, entendiendo que invertir más por habitante en territorios extremos no necesariamente es un privilegio. Es una forma de acercarse a una verdadera igualdad de oportunidades.
Aysén no está pidiendo condiciones especiales por capricho. Está planteando algo básico: que vivir en este extremo del país no signifique tener menos posibilidades.
Si queremos que la soberanía sea efectiva, necesitamos que haya personas que quieran vivir aquí, familias que puedan proyectarse, jóvenes que tengan oportunidades y comunidades que puedan acceder a servicios básicos sin viajar cientos de kilómetros.
Quizás esa sea la forma más concreta de hablar de soberanía desde Aysén: no solamente defender el territorio, sino también cuidar a quienes lo habitan.






















