Patricio Ramos, Ciudadano El mate que conocemos es compartido, gregario. Cebar mate es una liturgia colectiva: la ronda y esa mano que hace circular la calabaza, simple o adornada barrocamente, qué más da; la conversación que se enciende y se apaga, como el fuego bajo la pava. El mate nació para ser puente. Para hacer del silencio una pausa breve entre historias.
Por eso, cuando uno toma mate solo, pareciera estar haciendo algo ligeramente desviado del propósito original de la bebida. Y, sin embargo, quienes tomamos a menudo mate en soledad sabemos que él tiene otro sabor.
Es el mismo amargor vegetal y vigorizante, la misma espuma breve que se forma cuando el agua cae sobre la yerba. Pero en la boca —y sobre todo en el pensamiento— ese mate sabe distinto. Sabe a introspección.
Yo tomo mate de pie, acodado en la mesada de la cocina, después de prender el fuego. Una postura aparentemente antinatural, sin embargo, los reseros entrerrianos matean en cuclillas para evitar el suelo húmedo.
La primera cebada de la mañana suele ser una especie de puerta. Mientras el día todavía no termina de abrir los ojos y mi casa permanece en esa quietud casi sagrada de las primeras horas, el mate va ordenando el interior. No es raro que, con el primer sorbo, aparezcan paisajes.
A mí me ocurre con Aysén.
No necesariamente el que está allá afuera, detrás de la ventana, sino los muchos "Aysenes" que llevo guardados en la memoria: de los caminos sin asfalto, que parecían no terminar, del camino al puerto sin túnel, de los lagos quietos como un pensamiento profundo y lejano, del viento que no empuja, sino que conversa con uno mientras camina, del océano interrumpido por fiordos, y la estepa rojiza cuando aparece el sol por levante. El mate tiene esa extraña capacidad de convocar territorios. Cada cebada parece levantar una capa distinta del recuerdo.
También convoca personas.
Mientras la bombilla de alpaca vuelve a mis manos, desfilan por la memoria amigos, familiares, rostros que ya no veo pero que siguen viviendo en ese pequeño santuario interior donde guardamos nuestros afectos. El mate solitario es también liturgia privada: uno eleva la calabaza y, sin proponérselo, brinda con todos los que alguna vez compartieron una ronda.
Hay mañanas en que el mate sabe a infancia. Otras, a conversaciones que quedaron inconclusas. Y otras —quizás las más frecuentes— sabe simplemente a balance.
Uno repasa la semana como quien revisa el contenido de una mochila antes de salir al camino: esto estuvo bien, esto podría haber sido mejor, esto todavía tiene remedio. Entre cebada y cebada aparecen también los cálculos del día, las infaltables preocupaciones, las llamadas que habrá que hacer, las palabras que convendría decir con más cuidado, las pequeñas decisiones que, sumadas, terminan siendo la arquitectura de una jornada.
El mate acompaña esos pensamientos con paciencia de viejo amigo. No apura. No exige. Solo está ahí, amargo y firme, como recordándonos que lo esencial casi siempre tiene ese gusto, -y acaso- también es invisible a los ojos, según nos dice el viejo zorro de de Saint-Exupéry.
En medio de esa conversación silenciosa aparece, inevitablemente, el amor.
El amor que camina despacio por la memoria, mientras el vapor de la tetera se eleva. El amor por quienes están lejos, por quienes están cerca, por quienes estuvieron alguna vez. El amor que se infiltra en la vida cotidiana sin pedir autorizaciones: en una voz que recordamos, en una risa compartida, en una mirada que todavía sabemos de memoria.
El mate de la mañana es, en cierto modo, -también- una pequeña vigilia del corazón.
Y cuando la yerba empieza a lavarse, cuando el sabor se vuelve más tenue y el agua ya no levanta espuma, uno entiende que la ceremonia ha terminado. El día reclama su turno.
La tetera se apaga. La casa deja de estar suspendida en esa calma temprana. Afuera la Patagonia ya está despierta: el aire frío baja desde el bosque, las lengas se mueven apenas bajo el viento y contagian a los ñires que hay cerca de mi casa, y la luz se filtra entre las ramas como si el día estuviera ensayando su entrada, sin decidirse.
Entonces uno se pone la chaqueta, guarda el mate todavía tibio sobre la mesa y abre la puerta.
El paisaje respira. Y con ese último sabor amargo todavía en la boca, salimos a encontrarnos con la jornada.






















