Editorial, Redacción Las cifras de sífilis que hoy registra Aysén son preocupantes. Pero más preocupante aún sería enfrentar esta realidad desde el prejuicio y no desde la evidencia. Cada vez que una infección de transmisión sexual aumenta, reaparece la misma explicación: la promiscuidad, la falta de valores o las malas conductas. Es un relato cómodo, pero profundamente equivocado.
La sífilis no distingue estado civil, edad, profesión ni nivel socioeconómico. Es una infección causada por una bacteria que puede permanecer durante meses, e incluso años, sin provocar síntomas. Una persona puede sentirse completamente sana y, sin saberlo, transmitirla a su pareja. Esa sola característica cambia la conversación: muchas personas jamás pensarían que podrían contraer una infección de transmisión sexual precisamente porque viven una relación estable y no se consideran "de riesgo".
El riesgo, sin embargo, no siempre depende de uno mismo. También depende de la historia sexual de la pareja, de la ausencia de exámenes y de una enfermedad que muchas veces circula en silencio. Por eso, la confianza nunca debe reemplazar a la prevención ni al diagnóstico oportuno.
Lo verdaderamente grave es que el estigma termina siendo un aliado de la enfermedad. Cuando hacerse un examen genera vergüenza o miedo al juicio social, las personas postergan la consulta. Y mientras menos se diagnostica, más oportunidades tiene la infección de seguir propagándose.
Afortunadamente, la sífilis tiene tratamiento y puede curarse. El desafío no es solamente médico: es también sanitario y cultural. Significa garantizar acceso a exámenes, fortalecer la educación sexual y hablar de prevención con naturalidad, sin convertir la sexualidad en un tribunal moral.
En una región como Aysén, donde las distancias geográficas ya representan una barrera para acceder a la salud, resulta aún más importante que la información llegue de manera clara y oportuna. Nadie debería desconocer que un examen puede detectar esta infección y que el tratamiento oportuno permite evitar complicaciones graves, además de prevenir la transmisión de la madre al hijo durante el embarazo.
La discusión, entonces, no debiera centrarse en juzgar la vida privada de las personas, sino en preguntarnos si estamos haciendo lo suficiente para prevenir, diagnosticar y tratar. Esa es la responsabilidad de un sistema de salud, de las instituciones y también de una comunidad que debe aprender a reemplazar el prejuicio por información.
Porque la sífilis no se combate con vergüenza ni buscando culpables. Se combate con información, prevención, diagnóstico y tratamiento oportunos. Y si las cifras de Aysén nos están diciendo que algo está pasando, lo responsable no es mirar hacia otro lado ni juzgar a quienes se contagian. Es preguntarnos qué estamos haciendo —y qué nos falta hacer— para que menos personas lleguen a enfermar y para que quienes necesitan atención puedan recibirla a tiempo.
Ese es el desafío que tenemos como región: hablar de sífilis sin miedo, sin prejuicios y con responsabilidad. Porque cuando el estigma enferma, la información también puede convertirse en una forma de prevención.




















