Patricio Ramos, Ciudadano
No me pasaba hace años. Imposible volver a Coyhaique desde Puerto Ibáñez. Mi máquina, venerable tanque de 3.500 kg., no logró convencerme de que podía cruzar la Cuesta del Diablo, seguir por el Portezuelo y descender luego hacia los pagos de Vista Hermosa, donde se abre la suave planicie donde reina Balmaceda.
Revisaré las cadenas para nieve que, nuevas, más vale estrenarlas en el patio. Ya en la montaña, podría ser demasiado tarde descubrir que son más grandes, más chicas o demasiado angostas. He escuchado historias de terror sobre esa falla.
Dentro de lo posible, me alegré de estas nevadas -que sufro con bastante menos daño que otros paisanos- Y me alegré no solo por los glaciares, por las napas o por el campesinado que, llegado el verano, enfrenta una crónica escasez de agua.
También me alegré por algo menos práctico, íntimo. Esta nevada, cuya magnitud palidece frente a las de hace apenas quince años, nos recuerda que vivimos en plena Patagonia, no en Quillota ni en Linares, ciudades que, dicho sea de paso, han debido soportar este frente climático.
Mientras imaginaba las cadenas mordiendo la nieve para cruzar la montaña, pensé que todavía quedan momentos en que la Patagonia consigue imponerse. Aunque sea por unos días, solo para recordarnos quién llegó primero.
Hoy la tierra enferma; abusada; loteada por unos tipos de Vitacura con boina; monocultivada; no pocas veces incendiada y hasta regada con antibióticos, todavía muestra de lo que es capaz. Si somos capaces de desviar un río, de intubar su cauce; si somos capaces de reemplazar un bosque por cualquier otra cosa, o peor aún, por nada; si construimos casas y permitimos una desordenada explosión inmobiliaria en un valle que nunca tuvo cómo ventilarse; si somos capaces, en definitiva, de concebir semejante lista de desatinos, ¿por qué nos sorprende que exista una respuesta?
Porque la naturaleza no delibera. No negocia. Solo responde.
Y lo hace con el lenguaje que ha hablado desde mucho antes que nosotros: el frío, el viento, la lluvia, la nieve, el episodio de emergencia ambiental, el río que recupera su cauce y la montaña que decide, por unas horas, que no se pasa.
Quizá por eso, algunos solo ven caminos cortados o viajes postergados, pero yo no puedo evitar sentir una extraña alegría. No por el perjuicio ajeno, desde luego, sino porque estas nevadas nos recuerdan una verdad olvidada: la Patagonia nunca dejó de ser salvaje. Fuimos nosotros quienes, creímos haberla domesticado.
Y basta una tormenta de verdad para devolvernos a nuestra justa proporción. Para obligarnos a sacar las cadenas, a esperar, a aceptar que hay días en que la última palabra no la tiene el motor más grande, ni la retroexcavadora, ni el plano regulador. La tiene la montaña.
Y, aunque sea raro admitirlo, hay algo profundamente esperanzador en saber que todavía existen lugares donde la naturaleza conserva el poder de decir que no.




















