Editorial, Redacción Terminó una nueva temporada alta en Aysén y, como cada año, se repite la escena: localidades con alta ocupación, servicios exigidos al máximo y una economía local que, por algunas semanas, logra respirar con mayor holgura. Los balances preliminares hablarán de cifras positivas, de flujo de visitantes y de un destino que se mantiene atractivo. Pero esa lectura, aunque cierta, vuelve a esquivar la pregunta de fondo: ¿cuánto hemos avanzado realmente en salir de la dependencia del verano?
Porque el problema no es la temporada alta. El problema es que sigue siendo casi lo único que sostiene el turismo regional.
Hace años que se habla de desestacionalización. Está en diagnósticos, planes estratégicos y discursos institucionales. Sin embargo, en la práctica, Aysén continúa funcionando bajo una lógica profundamente estival. Basta mirar lo que ocurre entre abril y octubre: caída abrupta de visitantes, servicios que cierran o reducen operaciones, empleo que se vuelve inestable y una cadena productiva que pierde continuidad.
La tensión es evidente. Por un lado, se promueve una imagen de destino de naturaleza prístina, accesible todo el año. Por otro, la estructura real —conectividad limitada, oferta fragmentada y escasa articulación— no logra sostener ese relato fuera de los meses de mayor demanda.
Aquí aparece una primera responsabilidad clara: la institucionalidad turística, encabezada por Sernatur, pero también los gobiernos locales y el nivel central. No basta con instalar el concepto de desestacionalización; se requiere una estrategia concreta, sostenida y territorialmente diferenciada. No es lo mismo atraer visitantes a Coyhaique que a localidades más aisladas como Caleta Tortel o Puerto Río Tranquilo en pleno invierno.
Y sin embargo, muchas veces las políticas se diseñan como si la región fuera homogénea.
La segunda tensión tiene que ver con la oferta. Aysén tiene atributos únicos en otoño e invierno: paisajes distintos, menor saturación, experiencias más íntimas. Pero esa potencialidad no se traduce automáticamente en productos turísticos consolidados. Falta inversión, sí, pero también falta coordinación. El turismo no se activa solo con promoción; requiere condiciones habilitantes: transporte regular, servicios abiertos, experiencias diseñadas para esas épocas.
Hoy, en muchos casos, lo que hay es una oferta que se apaga cuando termina marzo.
La pregunta entonces es incómoda, pero necesaria: ¿queremos realmente un turismo todo el año o seguimos aceptando, en los hechos, un modelo concentrado en pocas semanas?
Porque avanzar hacia la desestacionalización implica decisiones. Implica priorizar recursos, asumir riesgos y, sobre todo, entender que el turismo no es solo una vitrina, sino una actividad económica que debe dar estabilidad. Para cientos de familias en Aysén, esto no es un debate técnico: es la diferencia entre tener ingresos constantes o sobrevivir a la incertidumbre.
En ese contexto, el 2026 aparece como una oportunidad, pero también como una prueba. No porque sea un año simbólico, sino porque la discusión ya no puede seguir postergándose. Las condiciones están sobre la mesa: experiencia acumulada, aprendizajes recientes y una demanda turística global que cada vez valora más los destinos menos saturados y fuera de temporada.
La pregunta es si la región —y quienes toman decisiones sobre ella— estarán a la altura.
Seguir haciendo lo mismo, esperando resultados distintos, no es una estrategia. Es una forma de administrar la inercia.
Y Aysén ya no tiene margen para eso.






















