Editorial, Redacción La confirmación del compromiso del Gobierno para avanzar en la instalación de un centro oncológico en la región de Aysén es una noticia que va mucho más allá de una inversión en infraestructura. Para cientos de familias, significa la posibilidad concreta de dejar de enfrentar la enfermedad acompañada del desarraigo, la incertidumbre económica y el desgaste emocional que implica salir de la región para acceder a tratamiento.
Durante años, en Aysén, el cáncer no solo ha sido una enfermedad difícil de enfrentar por sí misma. También ha significado viajes interminables, separación familiar, pérdida de ingresos y una sensación permanente de desigualdad frente a quienes viven cerca de los grandes centros urbanos del país. En regiones extremas, muchas veces la distancia termina convirtiéndose en una segunda condena.
Por eso, contar con un centro oncológico regional no puede mirarse únicamente como una obra pública más. Se trata de una señal política relevante respecto de algo que Aysén viene demandando hace décadas: equidad territorial en el acceso a derechos básicos. Porque cuando una persona debe abandonar su hogar, su trabajo y su red de apoyo para tratarse, el problema ya no es solo sanitario. Es también una expresión concreta del centralismo.
La posibilidad de atender patologías oncológicas dentro del propio territorio permitiría disminuir derivaciones, aliviar costos familiares y entregar algo fundamental en momentos complejos: seguridad. Poder enfrentar una enfermedad grave cerca de los afectos y de la comunidad también forma parte de una atención digna.
Sin embargo, Aysén conoce demasiado bien el desgaste de los anuncios que no logran transformarse en realidades. Por eso, más allá de la valoración legítima de este compromiso, será indispensable que exista seguimiento, voluntad política y capacidad de gestión para que esta promesa no quede atrapada en los tiempos eternos de la burocracia pública.
Y aquí aparece otro punto de fondo. Las grandes demandas regionales difícilmente avanzan si cada autoridad empuja por separado. La instalación de un centro oncológico debiera transformarse también en una oportunidad para que los cinco parlamentarios de la región actúen coordinadamente en torno a objetivos comunes. La representación política no puede agotarse en el debate legislativo o en la disputa contingente. Tiene que traducirse en resultados concretos para quienes viven en el territorio.
Porque si algo ha demostrado Aysén a lo largo de los años, es que las reivindicaciones regionales avanzan con más fuerza cuando existe unidad en lo esencial. Y la salud, particularmente en una región aislada y extensa, debiera ser precisamente uno de esos mínimos compartidos.
Ojalá este anuncio marque además un cambio de mirada más amplio respecto de las brechas sanitarias que todavía persisten en la región. El desafío no termina con un centro oncológico. La verdadera señal será entender, de una vez por todas, que vivir lejos de Santiago no puede seguir significando acceder tarde, mal o con más sacrificios a derechos que debieran estar garantizados para todos por igual.



















