Columnista, Colaborador
Me valgo de la expresión proferida por el presidente de la colectividad libertaria para titular y vertebrar esta sucinta opinión. Aunque la intención detrás de esta frase es bien conocida en el debate público, quisiera tomar la licencia para reconfigurar su sentido, separándola de las disquisiciones partidarias en las que se sitúa (tensión en el oficialismo acerca del posicionamiento del PNL ante la agenda del gobierno actual), fijando la urgencia que inspiran mis palabras para abrir un foco de debate y, en término principal, de preocupación genuina sobre el riesgo de nuestra democracia ante la posibilidad (remota o no) de la asunción del ideario propuesto por quienes se autoproclaman como "defensores de la libertad".
Como punto de partida interrogante, quisiera consultar al lector de esta columna y del público en general sobre la cuestión de si estamos dispuestos a renunciar a los valores más trascendentales de un Estado de Derecho en desmedro de "un director de orquesta" y "una banda de músicos" que no guardan algún escrúpulo sobre la protección impostergable de nuestras infancias y adolescencias y el fomento imperioso de sus derechos.
Continúo el hilo de la pregunta, interpelando a la comunidad respecto al punto de si estamos llanos en ofrecer nuestra pasividad ante "una batucada estridente" que a su paso deja una disonancia auditiva capaz de perturbar la dignidad y autonomía de las mujeres en relación con las determinaciones que aquellas -y solo aquellas- pueden zanjar en torno a su cuerpo y el rol que desean representar en la sociedad.
Alzo, nuevamente, una luz de duda sobre si el grupo ciudadano moderno que ha luchado y exigido reivindicaciones sociales pretende hacerse a un costado mientras "un coro gutural y aberrante" viene en postura de asediar la institucionalidad nacional de Derechos Humanos y el sistema judicial, solo porque -a su inexplicable juicio- atentan contra el orden de su proyecto ideológico cavernario, el cual infunde sospechas de corrupción y fantasmas de enemigos políticos donde no los hay bajo algún respecto.
Si quienes dieren lectura a estos párrafos me permitieren acompañar su reflexión, como si pudiera encarnar un eco de conciencia en sus conversaciones y quehacer diario, vengo en compartir la premisa de que como sociedad somos más que simples espectadores ante "este concierto de la tragedia". En tal sentido, pienso que podemos -y tal vez debemos" abandonar la sala musical de la intolerancia, disfrazada de una moribunda justicia social, para plantarnos con convicción y decir no. No a la deshumanización de los niños y las mujeres. No a la verborrea irreflexiva sobre un Estado más débil y no, en absoluto, al desmantelamiento de la democracia.
Somos ciudadanos deliberantes, capaces de identificarnos con programas políticos que siempre han respetado las reglas del juego y críticos de aquello que nos parece progresivo y regresivo, justo e injusto y , sobre todo, conforme al Derecho y sus principios, con independencia de nuestra formación, profesión u oficio. En verdad, confío en ello.




















