Patricio Ramos, Ciudadano
Después de lo del gato Michiberto, hubo que levantarse y preparar la salida un 26 de agosto desde Puerto Cisnes. Diría que desayunamos liviano, pero unos huevos con tocino me desmentirían.
Salimos relajados. Los temas de conversación con el piloto pasaron de lo forense a temas propios de su otra actividad: la funeraria. Y prefiriendo el cronista observar la muerte desde una distancia más bien prudente, hablamos de literatura. Llegamos a La Junta.
A las 16:00 hrs. estaría la barcaza esperándonos en Caleta Gonzalo, y eran recién las 13:00 hrs. huso horario Aysén, teníamos una hora extra. Sin embargo, llega aviso de la naviera: se suspende el zarpe por razones climáticas. Debí haberlo imaginado, no ha parado de llover desde el minuto mismo que pasé Mañihuales, un día antes. El piloto, que no se ahoga en poca agua, expresión muy a propósito del clima, dijo, -comamos algo y volvamos a Cisnes-. Almorzamos, y estando la planta de revisión técnica justo ahí, el previsor aprovechó la oportunidad.
Ya en Cisnes, los anfitriones insistieron en agasajar al cronista. El gato fue enviado a la funeraria para evitar pugilatos. Una palabra más sobre él. Creo que ese animal custodia un portal al inframundo, con ese tamaño y esas maneras casi humanas de odiar. Curioso es que el perro de la casa -cariñoso mestizo que pudo ser pastor alemán y se quedó en una especie de Fox Terrier- se llame Cerbero. La naturaleza es injusta.
Día 27 de agosto salimos al mediodía. Llovía. El camino estaba como lo recordaba, interminable y el tramo sin pavimento deplorable. Llegamos a Caleta Gonzalo, media hora antes. Tragedia: nos informan que la barcaza llegó y zarpó enseguida. La explicación nos la dieron en el único restaurant del lugar, que estaba cerrado, mi indignación solo se comparaba con la enorme hambre que traía, empero, el garzón nos ofreció un muffin a cada uno, como única opción. Grité en mi fuero interno: - ¡Estas cosas no sucedían con Douglas! -. La barcaza llegaría a las 3:30 de la mañana en viaje extraordinario.
Plan: a) tomaríamos mate; b) racionaríamos los muffins; c) aguardaríamos en el muelle las 12 horas que tardaría. Pero cuando llegamos a la camioneta, es decir a 20 metros de distancia, Rodolfo ya se había devorado su muffin: la formación militar del piloto quedó en entredicho.
Este, supongo por cortesía, cantó tangos picantes y rancheras. Agradecí sinceramente el gesto, pero a esas alturas nada me hacía reír. Silencio. Luego de un par de horas, me pregunta: - ¿volvamos a Chaitén a comer? - Con hambre, conducir más de 80 kilómetros no pareció una excentricidad. La conducción ida y vuelta se verificó en medio de la debacle climática más extrema. De nuevo estábamos en el muelle de Caleta Gonzalo, con la panza llena y la expectativa vigente.



















