Patricio Ramos, Ciudadano
Escribir acerca de gatos no pareciera ser un tema serio. Juzgue usted.
Es mi primera noche rumbo a un encuentro gremial. Me alojaría donde mi amigo y colega Rodolfo en su casa de Puerto Cisnes.
Ahí estaba no más llegar: un enorme felino grisáceo. Cuando hablo de enorme hablo de unos 7 kg de pelos, músculos y resentimiento. Ojos amarillentos entrecerrados, que me miraron con una mezcla de desconfianza, soberbio aburrimiento y desprecio.
Sentía que la magnífica velada con que se me recibió, transcurría mientras este animal me miraba de reojo. Inquietud.
Terminadas las libaciones y la deliciosa cena, correspondió irse muy feliz a la habitación asignada. Olvidé que existía el gato. Me dormí.
Sin embargo, avanzada la noche y bajo una lluvia que solo conocen los de Cisnes, me despierta un ruido infernal: era la puerta del cuarto, que casi fue sacada de quicio, entrando como rayo un torbellino gris. Era el enorme gato, el cual se abalanzó de manera artera sobre el cronista que yacía profundamente dormido, según adelanté. Espantoso, inaudito. Era un ataque en forma de una bestia salvaje de estos pagos pluviales. Traté de defenderme: cómo se defiende uno de algo casi invisible.
Y los gruñidos, ítem aterrador. La bestia gruñía como si de un tigre de Bengala se tratara, si no me mataba con sus garras lo haría con el espanto de sus imprecaciones. Una escena de Hitchcock.
Al fin logré deshacerme del bicho que salió por donde entró. Este fue un tipo de asalto de tropa irregular que sale del bosque, daña y se retira. Pero el gato seguía tras la puerta gruñendo. Y así me dormí, atascándola con una mochila.
Sin embargo, cerca del amanecer, esta bestia vuelve: y su estrategia fue diversa, solo me percaté cuando ya estaba sobre mi cama y, como un ninja silencioso, saltaba sobre mí. La luz que ya se dejaba ver del otro lado del mar, permitió incorporarme luego de esquivar una especie de "uppercut" que, con notable pericia me aplicaba (Nota personal: rebautizar como Uppercat). No gruñía. Es que los dueños de casa ya se estaban levantando; esta vez el trabajo de eliminar a la visita se haría en silencio. Logré incorporarme, me puse en posición marcial desafiante. Se sintió intimidado, gruñó un poco y se marchó.
Una vez que denuncié el hecho, mis anfitriones hablaron de una triste historia con final feliz: este felino, llamado Michiberto, había sido abandonado siendo cachorro, y era un guardián más de la casa; de hecho, acompaña a una de sus niñas al colegio y luego de dejarla a buen recaudo se volvía orondo, pasando indiferente entre los perros del barrio incapaces de mirarle a los ojos; así, cuando estos se pelean concurre a separarlos con su "auctoritas". Una conducta a estudiar, sin duda. Si así son los gatos acá, ¿cómo serán los guarenes?



















