Patricio Ramos, Ciudadano
No es gracioso perder el celular. Suspiro y miro al horizonte, pregunto: ¿lo habrán arrebatado de mi seno mientras pagaba en aquel restaurant?, ¿en aquella aglomeración en el subte?, ¿se cayó en ese taxi, tal vez?
Comienza con un terror darwiniano —atávico—, el de nuestros padres antediluvianos caídos de la rama de un árbol no más empezar a conciliar el sueño, dejándolos a merced de depredadores del Pleistoceno. Luego, muda en una especie de agonía que no sana con bloqueos de fonos, claves bancarias y de cuanto servicio requerimos: aún hoy imagino que en este preciso instante mi celular está siendo intervenido por oscuras bandas internacionales.
Pienso si es normal experimentar semejante miedo. Porque una cosa es perder un objeto y otra muy distinta extraviar una extensión de uno mismo. El celular hace rato dejó de ser teléfono. Hoy es archivo clínico, oficina, billetera, mapa, agenda, álbum fotográfico, etc. En él viven nuestros recuerdos, conversaciones, secretos financieros, pequeñas miserias y hasta las fotografías que nadie volverá a mirar, pero que aun así sentimos el deber de registrar.
Perturba mi grado de invalidez práctica. El cronista -aparentemente funcional y con estudios superiores completos- quedó reducido a una criatura semisalvaje incapaz de pedir un móvil, orientarse con precisión, revisar una dirección o recordar un solo número telefónico. Nada. Ahí estaba, en medio de Buenos Aires, mirando el horizonte (otra vez) con expresión bovina y dependiendo de la buena voluntad de mi querida anfitriona, como un hidalgo castellano abandonado en las pampas, menos heroico y bastante torpe.
Freud, desconfiado del progreso, habría encontrado en este aparato la consumación de nuestras neurosis modernas. Para él, la civilización crea herramientas para disminuir el sufrimiento, pero termina generando nuevas angustias. Antes el hombre temía a la peste, al hambre o al ataque de otra tribu. Hoy teme quedarse sin batería, perder señal, etc. Espanto sofisticado.
Hay algo más profundo y ridículo en esta relación. El celular no sólo organiza nuestra vida: la valida. Si no fotografiamos el café, pareciera que no lo bebimos. Si no respondemos mensajes de inmediato, sobreviene una vaga culpa.
¿Exagero? entonces pierda Ud. el teléfono y descubra que ha desaparecido también media existencia civil. Sin celular el ciudadano no sólo pierde comunicación: pierde identidad operativa. Queda suspendido en una suerte de limbo burocrático y tecnológico donde no puede pagar, trasladarse, autenticarse ni demostrar quién es. Muere administrativamente.
Curioso. Por siglos el ser humano soñó con emanciparse de las cadenas materiales, ganar en autonomía, ilustración, independencia espiritual. Y aquí estamos ahora, entrando en pánico porque un rectángulo de vidrio y litio desapareció quizás entre los asientos de un taxi porteño.
















