Patricio Ramos, Ciudadano
Caí parado. El 25 de mayo Argentina celebraba su fiesta patria. Causas históricas, nada distinto de lo ocurrido en Chile hacia 1810: Primera Junta de Gobierno, cabildos, criollos terratenientes —o al menos ilustrados—, caudillos megalómanos, olfatillos (SIC), etc.
Y aunque por estos pagos la gente se muestra entusiasta, nada se compara con Chile, que tiene un mes de la patria y varios días de celebración desatada. Tanto, que uno termina exhausto, ligeramente aburrido y con los triglicéridos por las nubes.
Locro. Ciertamente, la base de esta preparación —maíz, porotos, zapallo y alguna carne— es común a todos los Andes. Chile tiene porotos granados y una variante mapuche elaborada con trigo. Pero es en Argentina, a mi humilde entender, donde este plato alcanza su cúspide y se convierte en comida patriótica. Aquí le agregan osobuco, falda, chorizo colorado, morcilla, longaniza, panceta o mondongo —según la provincia—, además de cebollín y pimentón al final. En algunos lugares incorporan cuero de chancho, que funciona, crujiente, como crutón, o bien cocido dentro de aquel notable condumio. No es hipocalórico.
Encargamos este manjar a un local cercano a la casa, completamente adornado y con sus dependientes vestidos a la usanza criolla. (Nota mental: exactamente la misma pinta que uno ve en los campos de Aysén, e incluso en algunas oficinas públicas; por momentos me parecía escuchar un "¡jueeee!" que delatara a algún chileno meridional).
Sumamos al pedido unas empanadas, pastelitos rellenos de dulce de batata, membrillo y una porción generosa de budín de pan.
Nadie podría decir que el cronista no celebró las fiestas patrias argentinas en forma. Lo cierto es que el locro tenía una textura y un sabor extrañamente familiares. Era como desbloquear -sí, también uso esa palabra— un recuerdo indefinido. Tal vez mis antepasados indígenas, desperdigados por las pampas del Cono Sur, prepararon ese mismo brebaje primordial cuyo eco, venía a resonar silenciosamente en aquella mesa.
Fue demasiado para mi frágil estómago, que siempre se vuelve más frágil después de unas jornadas en Argentina. Por alguna razón, aquí todo sabe demasiado bien, y uno "no es fierro".
Reservé los pastelitos para acompañar mates postreros y la conversación con mi querida anfitriona allende los Andes. La charla fue estirándose entusiasmada mientras afuera caía lentamente la tarde sobre un frío mayo porteño.
A lo lejos sonaba una chacarera que derivó en zamba: era La Pomeña, la misma que había escuchado días antes y que ahora parecía regresar. Desde una ventana cercana, un parroquiano mamado lanzó un grito al aire:
—¡Que viva la patria!
Y entonces, sin pensarlo, como si aquella noche también me perteneciera, como si las fronteras fueran una costura imaginaria sobre la misma tierra vieja, no pude evitar responder con fervor inesperado:
—¡Que viva!
















