Pablo Álvarez Rojas, Colaborador
Como tantas de esas conversaciones que no se tienen -las decisiones que no se toman o llamadas que no se hacen- pasaba de manera cotidiana por la esquina de Moraleda y Condell, mirando siempre hacia el café, mas nunca entraba, porque bueno, uno siempre está apurado.
Pero entré, saludé y pedí un café y tostadas.
Mientras esperaba, observaba con ojo ya entrenado la decoración y la disposición del mobiliario, sorprendido al tomar conciencia de lo pequeño del espacio; normal para un café, pero que, difícilmente, se juzgaría suficiente, capaz de contener todo lo que allí pasaba y se vivía, hace poco más de quince años.
Fijé la vista en una pared pequeña y ahora desnuda, donde -cuesta imaginarlo sin haberlo visto entonces- se levantaba una galería, tal y como en los estadios. Partiendo ya por eso, se vieron y vivieron muchas cosas: las primeras camisetas; bufandas y banderas colgadas, cerveza, victorias y derrotas, tanta pasión, tanta amistad; esos "Maldini" y esos penosos intentos de trago que inventaba (porque también hay que saber contar las malas). Había demasiada euforia y, por supuesto, un montón de cábalas.
Así era el Bajo Marquesina en calle Condell; sólo para que se entienda por qué me resultaba especial volver a entrar a aquel espacio, que lo albergó hace ya tanto.
Nada más abrir, el primero en llegar era siempre el -nunca mejor dicho- "Chico de los diarios", en una bicicleta que le quedaba enorme y sobre cuyo asiento equilibraba rumas de ejemplares de los diarios Aysén y El Divisadero. Me dejaba ambos, de lunes a viernes, por quinientos pesos. Eran tiempos en que las noticias se leían impresas. Eran tiempos en los que, por quinientos pesos, podías comprar dos diarios.
Hoy lamento no recordar el nombre de aquel personaje, cuya apariencia era la perfecta antítesis de la de su colega Franco, aquel flaco hincha de Boca que, con su camiseta, repartía también ambos ejemplares, persiguiendo a los taxistas, que bajaban la ventana y lo llamaban, por la esquina donde hoy sólo hay farmacias.
Llegan mi café y tostadas y casi puedo ver y oír al Tío, rodeado de perros y llamándome. En su cabeza, por motivos a los que sólo su cerebro podía dar sentido, se decidió que mi nombre no era Pablo, como quiso mi madre, sino que Vladimir, y así me gritaba desde la entrada.
Sobre el Bajo estaba el Piel Roja; hacia Condell, un café cuyo nombre ya olvidé; luego una tienda de ropa, un local Kodak, el gimnasio Altis y, ya en la esquina, cruzando 21 de Mayo, el Café Oriente, donde Don Ciro, con su humita negra y su camisa blanca, repetía a sus comensales que, aquel menú del día, era algo nunca antes visto en la Patagonia, así fuera el mismo del día anterior o la anterior semana.
Hoy, que ya no está Don Ciro -ni el Café Oriente-, nadie tampoco me grita Vladimir y siento algo de nostalgia, pero pido otro café y, al hacerlo, juraría que percibo una sonrisa en el retrato de Fernando Chible, que me observa desde una foto que enmarcó su hermana, que es quien hoy sostiene su negocio y quien trabaja.
Con los años en Coyhaique uno termina siendo vecino de todos: del antiguo, del recién llegado y hasta del que va de paso. Por eso, al caminar, se saluda. Como antes.
Pago mi cuenta, me despido y salgo. Camino un par de cuadras, saco una pizarra a la vereda y abro, para esperar ahora yo, tras otra barra, a que entre alguien, nos saludemos y me pida algo, aunque intuyo que no será café y tostadas.















