Colaborador, Colaboradora
Durante las últimas semanas, nuestra región recibió diversas visitas ministeriales que destacaron aquello que nos hace únicos: la calidez de los patagones, la belleza de nuestros paisajes de norte a sur y la riqueza de nuestros recursos naturales. En medio de esas conversaciones hubo una frase que se repitió una y otra vez: «Aysén está de moda».
Y cómo no estarlo. La Carretera Austral cumple 50 años desde que comenzó a abrirse paso por nuestra Patagonia, contamos con un aeropuerto recién inaugurado y tenemos sectores productivos que buscan crecer en una región extensa en territorio, pero pequeña en población. Las cifras también lo reflejan: entre diciembre de 2025 y marzo de 2026 ingresaron cerca de 230 mil visitantes; las llegadas a establecimientos de alojamiento crecieron un 7,1%, mientras el país registró una caída del 2,5%. En febrero, Coyhaique-Puerto Aysén alcanzaron un 89,9% de ocupación, posicionándose en el primer lugar nacional.
Pero toda moda tiene su letra chica: en nuestro caso, el turismo sigue concentrándose principalmente en los meses de verano. En agosto de 2025, las llegadas a establecimientos de alojamiento cayeron un 19,9% respecto del mismo período anterior. Entonces, si Aysén está de moda, si tenemos más lagos que la Región de Los Lagos y más ríos que la Región de Los Ríos, ¿qué nos falta para que las estadísticas acompañen nuestros slogans durante los doce meses del año?
Las comparaciones nunca son del todo buenas, pero pueden convertirse en un buen referente para mirar lo que estamos haciendo en casa. Cuando observamos experiencias de Los Lagos, Magallanes e incluso de la Patagonia argentina, encontramos un elemento común: la capacidad de construir acuerdos y reconocer que las distintas actividades productivas no necesariamente compiten entre sí. Las diferencias existen y deben tener espacio en la conversación, pero no pueden transformarse en barreras para el desarrollo. En Magallanes, por ejemplo, la salmonicultura y el turismo conviven, se relacionan y encuentran oportunidades de colaboración, aun cuando existan miradas distintas. Es así como en Puerto Natales, AquaChile creó la Casa Abierta, un espacio de encuentro interactivo y gratuito que muestra, de manera cercana y didáctica, la historia, la tecnología y el aporte de la salmonicultura al sur de Chile. Solo durante 2025 recibió 1.323 visitas nacionales y extranjeras.
En Puerto Montt, AquaChile trabaja junto al sector turístico a través de la Ruta del Salmón, una experiencia que permite a los visitantes navegar hasta un centro de cultivo en funcionamiento y luego conocer la gastronomía local, disfrutando de sus productos en restaurantes de la zona. La iniciativa cuenta con el respaldo del municipio, la industria y la academia. A ello se suma la Semana del Salmón, que reúne a más de 50 locales gastronómicos y busca contribuir a romper la estacionalidad turística.
Son experiencias que demuestran que la colaboración entre sectores es posible y virtuosa. No se trata de que una actividad se imponga sobre otra, sino de reconocer que cada una tiene algo que aportar y que, cuando se articulan, pueden generar nuevas oportunidades, diversificar la oferta y fortalecer el desarrollo de una región. Turismo, salmonicultura, comercio, gastronomía, agricultura, ganadería y servicios tienen espacio para crecer. La pregunta es cuánto estamos dispuestos a hacer para que ese crecimiento sea también compartido.
Porque esta brecha no se resuelve únicamente con más inversión pública o infraestructura. También requiere voluntad de nuestras autoridades, de los sectores productivos, de las instituciones y de la comunidad. Requiere disposición para escucharnos, reconocer nuestras diferencias y entender que colaborar no significa necesariamente pensar igual. Significa tener la madurez de construir acuerdos en beneficio de un propósito común. Eso también es ejercer ciudadanía y fortalecer nuestra democracia.
Aysén tiene espacio para todos: pioneros, colonos, venidos y quedados. Sin embargo, todavía arrastramos brechas de infraestructura y conectividad que limitan nuestras posibilidades de desarrollo y que han llevado a muchos profesionales a emigrar o a no considerar nuestra región como una alternativa para proyectar sus vidas. Cerrar esas brechas también exige ponernos de acuerdo, sumar capacidades y dejar de mirar el desarrollo desde las fronteras de cada actividad.
Quienes hacemos patria en una zona tan remota y maravillosa sabemos que cuidar Aysén es una responsabilidad compartida. Así lo entendieron los pioneros que abrieron sendas, construyeron caminos y levantaron sus hogares en condiciones que hoy difícilmente imaginamos. Así lo hicieron mis abuelos y, más tarde, mis padres y tíos. Hoy, una nueva generación recoge ese legado, con el desafío de proyectar una región que no pierda aquello que le dio origen: una comunidad donde los vecinos se cuidaban, la palabra tenía valor y la generosidad era parte de la identidad del patagón.
No se trata de idealizar el pasado ni de renunciar a las oportunidades del presente. Se trata de entender que el desarrollo que necesitamos no puede construirse de manera individual ni a costa de los demás. Las nuevas generaciones tenemos la responsabilidad de abrir nuestros propios caminos, tal como lo hicieron quienes llegaron antes, pero esta vez con una convicción aún más clara: el futuro de Aysén depende de nuestra capacidad de trabajar juntos.
Aysén está de moda hoy. Que lo siga estando dentro de veinte años dependerá de lo que seamos capaces de construir desde ahora. No basta con tener paisajes extraordinarios, recursos naturales y cifras alentadoras. Necesitamos visión compartida, colaboración entre nuestros sectores productivos y voluntad de avanzar como región.
Ese será el mejor homenaje a nuestros pioneros, a mis abuelos y a todos aquellos que trabajaron por el sueño del desarrollo y las oportunidades para que Aysén siempre esté de moda.



























