Editorial, Redacción La visita del presidente José Antonio Kast a la Región de Aysén, confirmada para esta semana, no puede reducirse a una agenda de fotografías junto a la Carretera Austral ni a anuncios que ya forman parte de promesas repetidas.
Es cierto: avanzar en la conectividad terrestre sigue siendo una necesidad urgente. La pavimentación completa del tramo faltante entre Coyhaique y Cochrane no es un lujo ni una demanda nueva; es una deuda histórica con un territorio que ha debido convivir demasiado tiempo con la precariedad logística como parte de su normalidad. En Aysén, la conectividad no es comodidad, es acceso a salud, abastecimiento, educación y desarrollo productivo.
Cada tramo sin pavimentar significa más aislamiento, más costos y más incertidumbre. Para un productor, implica mayores dificultades para sacar su trabajo al resto del país. Para una familia, significa más tiempo y más gasto para acceder a servicios básicos. Para una persona enferma, puede transformarse en una barrera real para llegar a una atención oportuna. Esa es la dimensión concreta de una carretera en una región extrema: no es una obra de infraestructura cualquiera, sino una condición básica de equidad territorial.
Pero Aysén necesita más que camino.
Mientras se habla de pavimento, en la vida cotidiana el problema más inmediato sigue golpeando con fuerza: el alza de los combustibles. Aquí no se trata solo de llenar un estanque más caro. Se trata del encarecimiento de toda la cadena de vida. Sube el transporte, suben los alimentos, suben los materiales, suben los costos de producción y, finalmente, sube la incertidumbre de las familias.
La sensación en la calle no es optimismo, es preocupación. Los gremios lo han planteado, los alcaldes lo han reiterado y la ciudadanía lo vive cada semana: la carestía ya dejó de ser una advertencia y pasó a ser una realidad concreta. En una región aislada como Aysén, donde prácticamente todo depende del traslado y del abastecimiento externo, el impacto se multiplica.
Cuando sube el combustible en Santiago, se resiente el bolsillo. Cuando sube en Aysén, se resiente toda la estructura económica y social de la región. Esa diferencia no siempre se comprende desde el nivel central, y ahí está uno de los principales problemas.
Por eso, la visita presidencial debe ir más allá del simbolismo. No basta con inaugurar discursos sobre descentralización si las decisiones estructurales siguen pensándose desde Santiago con lógica de centro. Aysén no necesita compasión administrativa; necesita decisiones políticas.
Sería una señal relevante que el mandatario no solo reafirme el compromiso con la Carretera Austral, sino que también anuncie medidas de mitigación frente al alza de los combustibles. No se trata de favores, sino de reconocer una desigualdad territorial evidente. Cuando vivir lejos significa pagar más por todo, el Estado no puede mirar hacia otro lado.
Aquí existe un problema de fondo: la equidad territorial sigue siendo más un discurso que una política efectiva. Y mientras eso no cambie, cada visita presidencial corre el riesgo de transformarse en una postal sin consecuencias.
Aysén presenta dificultades estructurales conocidas desde hace décadas. No son misterios técnicos ni problemas imposibles de resolver. Son desafíos que requieren voluntad política, continuidad y una comprensión real de lo que significa habitar esta región.
El Presidente tiene esta semana una oportunidad concreta para marcar una diferencia. No solo para escuchar demandas, sino para asumir compromisos verificables. Porque gobernar regiones extremas no consiste en visitarlas de vez en cuando, sino en entender que sus urgencias no pueden seguir esperando.
La Carretera Austral importa. Pero la tranquilidad de las familias también. Y hoy, en Aysén, ambas cosas exigen respuestas.


















