Carmen Gloria Parés Fuentes, Bibliotecóloga, Archivos e Investigación Histórica
De camino a Puerto Sánchez los campos son bellísimos. Es de esa belleza que consuela cualquier herida o insomnio. Pero a veces sucede lo contrario: no se regala a simple vista a menos que lleves algo en prenda. Te pide que vayas más despacio, que mires mejor, que aceptes, finalmente, que no sabes nada de ella. Sentí que entrábamos a un sitio que no se conformaba con ser mirado: quería hacer sentir su fuego sombrío.
Subimos por una ladera hasta donde está el cementerio oficial. Cuando por fin llegamos, algo que venía anunciándose, me traspasó. No fue una tumba específica. Fue todo el conjunto: tumbas bajo mucha sombra y humedad, cemento celeste, fragmentos de malla, árboles grandes: sombras grandes y flores que miraban desde cierta altura apuntando hacia abajo las tumbas que embellecían
Sentí un golpe en el estómago. Un rechazo visceral. No pude permanecer. Me desplomé dentro y me desplumó el bosque con su olor denso, casi vivo. Un olor que me impedía respirar con normalidad. Me pareció que el cementerio entero estaba mirando qué acontecía con estos extraños dentro.
Puerto Sánchez me mostró que los lugares de reposo también pueden reaccionar. No solo se dejan visitar. La emoción fue la observación o viceversa. El rechazo visceral me permitió ver la complejidad material y simbólica de un cementerio que se hunde, no solo por el peso del tiempo, sino por la presión del bosque. Las tumbas aquí son engullidas. La humedad desdibuja, desgasta, borra y oculta.
Nota de campo (fragmento): 'No pude entrar. No pude sostener mi mirada. Las tumbas miraban desde abajo, pero las flores miraban desde arriba. Este cementerio no pide registro: exige distancia.
Capítulo 4 — Coyhaique: el 'predio santo' y la administración del olvido
Coyhaique nos recibió con un sol duro, casi metálico, ese tipo de luz que, lejos de alumbrar, revela. Habíamos llegado después de varios días de viaje cruzando curvas y ríos, avanzando entre polvos y vientos variables. Pensé, por ingenuidad, que el cementerio municipal sería un descanso después del estremecimiento de Puerto Sánchez. Pero la ciudad tenía preparada otra lección.
El Cementerio General de Coyhaique (en Baquedano) no está escondido. Está ahí, al alcance de cualquier mirada. Pero entrar es como pasar de un ritmo a otro: del tránsito cotidiano al espesor de un lugar donde las cosas parecen detenidas, o al menos detenidas a medias.
Nos recibió el administrador, don A. Cárcamo, un hombre de hablar pausado y rostro curtido, funcionario jubilado de la Municipalidad que llevaba años en ese predio santo, primero desde adentro, luego como concesionario. A diferencia de muchos de los cementerios vecinales de campo, aquí había papeles, reglas, licitaciones, tarifas, informes; una burocracia que intentaba contener algo que no se contiene nunca del todo: la muerte de los habitantes de una ciudad completa.
<Aquí hay tumbas que nadie visita hace décadas- me dijo. A veces cuando uno va a enterrar, se encuentra con otra persona abajo. ¿Y qué hacen? -pregunté. -Lo que se pueda: avisar, esperar, explicar. A veces, llorar con la familia.>























