Columnista, Colaborador
El 5 de enero, cuando miles de jóvenes reciban sus resultados de la PAES y comiencen a tomar decisiones sobre su futuro, la conversación pública volverá a concentrarse -como cada año- en puntajes, rankings y carreras universitarias tradicionales. Y mientras discutimos quién entra a qué universidad, enfrentamos una carencia laboral: no estamos formando los técnicos que el país necesita para funcionar, crecer y adaptarse a los nuevos tiempos.
Según la Encuesta de Demanda Laboral 2024?2025 de la Subsecretaría del Trabajo, Chile proyecta un déficit anual de alrededor de 240 mil técnicos, brecha que el sistema formativo actual no logra cubrir. Esta necesidad concreta afecta sectores clave como telecomunicaciones, energía, logística, minería, salud y servicios tecnológicos. En otras palabras, faltan las personas que instalan, mantienen, operan y hacen posible que la economía real funcione.
Por otra parte, la educación técnico-profesional ha sido históricamente subvalorada, vista como una segunda opción o un camino "menor". Esa mirada no solo es injusta, sino que está profundamente equivocada. Hoy la formación técnica es uno de los motores más efectivos de productividad, empleabilidad y equidad territorial. ¿Sus ventajas? Permite una inserción laboral más rápida, responde mejor a requerimientos puntuales y conecta directamente el aprendizaje con el trabajo. Y en un país marcado por brechas regionales, fortalecer la educación técnica es también una política de desarrollo territorial.
El desafío va entonces por reducir la distancia entre lo que se enseña y lo que el mercado laboral realmente demanda. Tecnologías que cambian rápido, procesos que se actualizan y oficios que requieren certificaciones específicas exigen un vínculo mucho más estrecho entre formación y práctica. Aquí es donde el rol de las empresas resulta clave como actores activos en la formación de talento, con acciones tan simples y efectivas como abrir espacios de práctica, actualizar competencias, formar en terreno y acercar la industria a los jóvenes.
Sectores como las telecomunicaciones lo sabemos muy bien. La expansión de redes, la digitalización de servicios y el despliegue tecnológico requieren técnicos capacitados ahora, no en cinco años más. Cuando las empresas se involucran en la formación, articulando educación técnica, tecnología y experiencia práctica, no sólo fortalecen su propia sostenibilidad, también contribuyen a cerrar una brecha estructural del país.
En este nuevo ciclo de postulaciones y matrículas para la educación superior, vale la pena ampliar la mirada. Elegir una carrera técnica no es un 'premio de consuelo'. Bien elegida puede incluso anticipar el futuro y los profesionales que Chile requerirá en unos años más. Si lo vemos así, apostar por la educación técnico-profesional puede convertirse en una decisión estratégica para el desarrollo económico, la descentralización y mayores oportunidades para todos.




















