Columnista, Colaborador Es otoño y las hojas comienzan a caer en la ciudad de Coyhaique, anunciando la inminente llegada del invierno en la región de Aysén. Con ello, también reaparece una de las problemáticas más persistentes de la zona: la contaminación del aire, un fenómeno que año tras año afecta la calidad de vida de sus habitantes.
Pero cabe preguntarse: ¿qué es lo que realmente produce la contaminación? ¿Es la leña la única responsable? Insistir en esa idea no solo simplifica el problema, sino que también limita las soluciones.
Si bien su uso intensivo ha sido históricamente señalado como uno de los principales factores de contaminación durante el invierno, la situación es considerablemente más compleja. En los últimos años, las autoridades, a través del Plan de Descontaminación Atmosférica (PDA), han impulsado diversas medidas para enfrentar la contaminación del aire, tales como el recambio masivo de calefactores a leña por sistemas a pellet y el mejoramiento del aislamiento térmico de las viviendas. Sin embargo, pese a estos esfuerzos, los resultados aún no han sido suficientes para resolver el problema de fondo.
La particular condición geográfica de Coyhaique, sumado al creciente aumento vehicular y la congestión urbana, contribuye a agravar aún más la situación. Así, la contaminación deja de ser un problema exclusivamente asociado a la calefacción domiciliaria y pasa a ser un desafío estructural que exige una mirada integral.
Si bien la leña no es el único factor determinante, sí constituye uno de los principales focos del problema, especialmente debido a la escasa regulación en su comercialización y a la falta de educación respecto del uso de leña seca por parte de la ciudadanía. En este contexto, cobra especial relevancia el avance de la Ley de Biocombustibles Sólidos (Ley 21.499), una normativa que aún se encuentra en proceso y a la espera de su reglamento para su plena implementación. Lejos de ser una solución inmediata, esta ley representa una oportunidad concreta para ordenar el mercado y establecer reglas claras para todos los actores involucrados.
Su propósito es ambicioso: transformar la leña en un biocombustible regulado, ordenando su producción, comercialización y uso, elevando estándares de calidad y promoviendo la eficiencia energética. Además, fortalece la fiscalización y exige el cumplimiento de normas clave para enfrentar la crisis ambiental.
No obstante, el verdadero desafío no radica únicamente en la existencia de la ley, sino en su correcta implementación. Esto implica no solo contar con un reglamento claro y aplicable, sino también con la capacidad institucional para fiscalizar su cumplimiento, y con políticas complementarias que consideren la realidad social y económica de la región.
Hablar de contaminación en Coyhaique es reconocer la convergencia de múltiples factores en un mismo problema. Por ello, avanzar hacia soluciones efectivas exige ir más allá de la leña y el humo, entendiendo que la transición hacia un modelo más limpio y sostenible es una tarea compartida entre el Estado, los actores del sector y la ciudadanía.
El desafío está planteado. La pregunta es si estaremos a la altura de enfrentarlo con la urgencia y la profundidad que la región de Aysén necesita.




















