Patricio Ramos, Ciudadano
Son las ocho, la cuidadora de la noche se marcha. La casa, adquiere una quietud distinta, suspendida, como el vuelo de un pájaro contra el viento de la estepa. Mi padre duerme. Su respiración mantiene un ritmo lento y constante, como un reloj antiguo.
Quedan dos horas para que llegue la cuidadora del turno de la mañana; hoy todo se atrasó. Cuesta que esta maquinaria funcione perfecta. Comienza la verdadera espera.
Los minutos pasan con rara sonoridad. No escucho el tic-tac de un reloj: es la conciencia del tiempo. Seguido miro el teléfono. Escucho si algún ruido surge desde la habitación. Recorro la casa. Nada ocurre y, sin embargo, todo parece estar ocurriendo.
A las ocho y siete pienso que aún falta mucho. A las ocho y veintitrés observo cómo la luz avanza centímetros sobre el suelo. A las ocho y treinta y uno me descubro escuchando el grito lejano de un faisán. El tiempo se vuelve visible cuando se espera.
Durante estos años en que algo parecido a una enfermedad fue transformándolo lentamente, las horas adquirieron una nueva densidad. Antes de que viniera el apoyo, había días enteros construidos sobre la espera: de una consulta, un examen, una mejoría, una noche tranquila, un despertar sin desorientación.
Hoy las cuidadoras sostienen una parte inmensa de esta realidad. Han traído experiencia, compañía y descanso. Pero incluso con esa ayuda se alza la verdad de que las cosas no se organizan solas. Siempre hay algo que coordinar o prever.
Entonces pienso en cierta libertad, en aquella más modesta y cotidiana que antes parecía natural: la libertad de responder únicamente por mí mismo.
Tardes saliendo del trabajo sin destino, una librería, café. Viajes improvisados, pesca y el jeep apuntando hacia algún río sin definir.
Y ello era felicidad. ¿O era solamente ligereza? ¿años más felices o simplemente menos conscientes?
Tal vez entonces poseía libertad, la añoro. Pero también ignoraba la fragilidad, cuánto puede cambiar una vida sin dejar de ser la misma, una dimensión silenciosa del cuidado.
Son las nueve y doce. La luz llena mi casa. El continúa durmiendo, comienzo a sospechar que la libertad absoluta es una ilusión. Incluso en aquellos años existían preocupaciones e incertidumbres.
Quizá la vida no consista en alcanzar un estado perfecto de despreocupación, sino en aprender a habitar con serenidad las responsabilidades. Quizá la felicidad no sea la ausencia de carga, sino la presencia de sentido.
A las nueve y cuarenta y ocho escucho finalmente el sonido esperado. La espera termina. Alivio, y gratitud, porque, aunque estos años me han enseñado que siempre habrá algo que vigilar u organizar, también me han mostrado la extraordinaria red de personas, cuidados y afectos que sostiene una vida devenida en frágil.
Él duerme, la mañana continúa. El día seguirá trayendo tareas y pequeñas inquietudes. Pero por un instante todo parece ocupar su lugar correcto.





















