Jessica Igor Chacano, Periodista y magíster en Relaciones Internacionales
Hace un par de semanas, conversando con un joven estudiante de mi familia, me llamó la atención la lucidez con que analizaba el rol de las comunicaciones como factor fundamental e ineludible en las relaciones humanas, y sobre todo en el ámbito laboral.
Me contaba con preocupación que tenía compañeros de carrera muy tímidos, a quienes les costaba, incluso, establecer un diálogo cotidiano. Esto le parecía un obstáculo importante para el día en que deban ejercer profesionalmente y relacionarse con las personas que recurran a ellos buscando orientación, respuestas o ayuda.
Esta conversación me hizo pensar en cuántas interacciones cotidianas asumimos desde la comodidad, sin detenernos a analizar si nuestro interlocutor realmente comprende lo que intentamos comunicar. La mayor parte del tiempo damos por sentado que nuestro mensaje fue claro, cuando muchas veces ni siquiera existe una retroalimentación que confirme que fue entendido.
Comunicarse no consiste únicamente en hablar, es escuchar con atención, y adaptar el lenguaje según quién tenemos enfrente y, sobre todo, comprender que detrás de cada consulta hay una persona con necesidades distintas. La comunicación efectiva es un acto de empatía antes que un simple intercambio de información.
No es difícil recordar experiencias en servicios públicos, centros de salud, establecimientos educacionales o incluso empresas privadas donde la información entregada fue técnicamente correcta, pero profundamente deficiente desde el punto de vista humano. Un profesional puede dominar a la perfección su disciplina y, aun así, generar frustración, incertidumbre o desconfianza si no sabe transmitir adecuadamente lo que sabe.
Por eso resulta legítimo preguntarse si nuestras instituciones de educación superior están otorgando a esta competencia el lugar que merece. Formamos médicos, abogados, ingenieros, trabajadores sociales, psicólogos, enfermeros, y tantos otros profesionales cuyo trabajo cotidiano consiste, precisamente, en interactuar con personas. Sin embargo, la capacidad de comunicar suele quedar relegada a una habilidad que se supone cada uno desarrollará por su cuenta.
Tal vez ha llegado el momento de reconsiderar esa mirada. Así como nadie cuestiona la importancia de la ética profesional, tampoco deberíamos minimizar el valor de una comunicación clara, respetuosa y eficaz. No se trata de convertir a todos en grandes oradores, sino de entregar herramientas para escuchar, dialogar, explicar y resolver conflictos con criterio y sensibilidad.
En tiempos donde abundan la inmediatez, los mensajes breves y la comunicación fragmentada, saber conversar se ha transformado en una competencia cada vez más escasa y, precisamente por eso, más valiosa. Una palabra mal dicha puede cerrar puertas, deteriorar relaciones o incluso afectar decisiones importantes. Una palabra bien utilizada, en cambio, puede orientar, tranquilizar y construir confianza.
Quizá sea momento de dejar de considerar la comunicación como una habilidad secundaria y asumirla como una competencia profesional esencial. Porque, al final del día, las personas no sólo recuerdan la solución que recibieron, también recuerdan cómo fueron tratadas mientras buscaban esa solución. Y esa diferencia, muchas veces, comienza y termina con la manera en que elegimos comunicarnos.





















