Columnista, Colaborador
Tras la reciente muerte de Sam Neill, volví a pensar en el Dr. Alan Grant, el inolvidable paleontólogo que interpretó en Jurassic Park. Para quienes crecimos viendo esa película, más que una historia de ciencia ficción: fue una invitación a soñar. Nos hizo creer, que todavía existían lugares donde la naturaleza era capaz de dejarnos sin palabras.
Hay una escena que permanece intacta en mi memoria, El Dr. Grant viaja en un vehículo por el parque, incrédulo, casi escéptico. De pronto el automóvil se detiene. Levanta la vista y, con una mezcla de asombro, emoción y absoluta incredulidad, contempla un braquiosaurio moviéndose lentamente frente a él. No necesita hablar. Su mirada y el silencio dicen todo. De niño vi esa escena incontables veces y siempre pensé lo mismo: "ojalá algún día pudiera sentir algo así". No necesariamente ver dinosaurios, sino experimentar esa emoción tan profunda de estar frente a animales verdaderamente salvajes.
El verano recién pasado mientras visitaba la Región de Aysén. Decidimos internamos por la Ruta X-83, camino al Paso Roballos. A medida que avanzábamos, el paisaje comenzó a transformarse lentamente: el Valle Chacabuco se desplegó inmenso frente a nosotros, la estepa se extendía hasta donde alcanzaba la vista y el viento recorría sus rincones con una libertad difícil de describir. Entonces ocurrió. Los primeros guanacos aparecieron junto al camino. Comencé a contarlos casi por instinto, pero pronto desistí. Eran demasiados. Dispersos sobre el valle, moviéndose con absoluta naturalidad en un paisaje que les pertenecía desde mucho antes de nuestra llegada.
No estaban encerrados detrás de un cerco ni observados desde un mirador artificial. Caminaban con una serenidad admirable, se detenían apenas unos segundos para observarnos y continuaban su recorrido con la tranquilidad de quien nunca ha visto alterado el ritmo de su existencia. Sobre nuestras cabezas, un cóndor describía amplios círculos aprovechando las corrientes de aire, mientras el inmenso Valle Chacabuco parecía palpitar con vida en cada dirección. Había una certeza imposible de ignorar: la naturaleza seguía su curso, libre e indómita, indiferente a nuestra presencia.
Fue imposible no volver a aquella escena de Jurassic Park. La expresión del Dr. Grant, no era solo ver un animal extraordinario. Era descubrir que la naturaleza es maravillosa. Mientras caminaba por el Valle Chacabuco, sentí exactamente eso. Por unos minutos dejé de ser adulto. Volví a tener diez años. Miraba hacia todos lados esperando el siguiente encuentro, emocionándome con cada grupo de guanacos, imaginando la presencia silenciosa del puma entre los cerros, sintiendo que cada paso era un privilegio. No necesitaba dinosaurios. Bastaban aquellos animales libres, la inmensidad del paisaje y el profundo silencio de la Patagonia para comprender que la verdadera aventura siempre había estado allí.





















