Manuel Álvarez Lucero, Antropólogo
Hubo un tiempo en que el mundo se sentía seguro. Las agujas del reloj avanzaban con un tic-tac predecible, los años se tomaban su tiempo para madurar y los recuerdos comunes eran lo que unía a las comunidades. Sin embargo, todo eso cambió.
Como antropólogos del siglo XXI, nuestro laboratorio ya no es una isla remota en el Pacífico, es la desconcertante experiencia cotidiana de la hipermodernidad. No es paranoia, es un diagnóstico cultural: los años ya no son lo que eran, las 24 horas del día se sienten como un suspiro de doce.
Si le preguntas a una persona de más de 70 años cómo eran sus tardes, te describirá una llanura temporal infinita donde cabía una siesta de dos horas, una charla vecinal sobre el clima, la lectura completa del periódico y tres horas de contemplación fija al horizonte. Hoy, mirar el reloj a las 10:00 AM, parpadear dos veces mientras entras a "revisar un momento" tu aparato móvil, y descubrir que de repente son las 4:00 PM y tienes tres llamadas perdidas es la norma absoluta. Físicamente, la Tierra sigue tardando lo mismo en rotar sobre su eje, pero cultural y fenomenológicamente, el día ya no dura 24 horas, dura lo que tarda en descargarse tu batería.
El antropólogo Marc Augé acuñó el término "sobremodernidad" para explicar el exceso de tiempo y espacio que nos inunda. Vivimos en la aceleración absoluta. Al colonizar cada segundo de nuestra existencia con notificaciones de diferentes aplicaciones, correos urgentes, micro videos de quince segundos de desconocidos y actualizaciones de estado de gente que no nos interesa, hemos saturado nuestra capacidad de procesar la existencia.
Al no haber pausas rituales - esos momentos gloriosos de "no hacer absolutamente nada" que antes estructuraban el paso del sol - la percepción del tiempo colapsa. El presente ya no se vive, se consume con la velocidad de un café instantáneo. Y aquello que se consume rápido, se siente efímero. Por eso los años ya no avanzan, vuelan. Nos deslizamos de un año al siguiente de forma extremadamente rápida.
Antiguamente, la memoria humana era un asunto tribal y de largo plazo. Hoy, esta todo en todas partes al mismo tiempo. Nuestro cerebro ya no funciona de forma lineal. Al exponernos a una sobredosis de estímulos, nuestra memoria a corto plazo está sufriendo un infarto colectivo.
Hemos cambiado la memoria profunda por una memoria frágil, optimizada únicamente para retener el próximo mensaje. Cuando tu capacidad de atención dura menos que un anuncio de internet que no se puede saltar, el pasado se vuelve una masa borrosa y maleable.
Estamos transitando de la "realidad analógica", basada en la permanencia, el espacio físico, los libros y el tiempo líneal, a la "realidad de flujo" (virtual, acelerada, fragmentada). Esta transición es un choque cultural interno de proporciones épicas. Nuestro cerebro evolucionó para cazar para alimentarnos y medir el tiempo por las estaciones del año, hoy tiene que procesar tres mil estímulos por minuto en una pantalla de cristal líquido mientras finge que entiende todo. El desfase es inevitable.
Los años ya no son como antes porque el "antes" poseía un anclaje físico que hoy se ha evaporado en la nube de almacenamiento. Al desvanecerse las certezas estables, experimentamos la extraña sensación de que somos extraños en una dimensión que corre demasiado deprisa, donde los días se evaporan entre los dedos. Hemos creado un ecosistema cultural tan radicalmente veloz, absurdo y mutable que la vieja realidad, simplemente ya no puede mantenerle el ritmo a nuestro wifi.
























