Patricio Segura Ortiz, Periodista. psegura@gmail.com
"La Ley de Traslado Forzoso de los Indígenas (Indian Removal Act), aprobada en 1830, ordenó el traslado de todos los indígenas desde el este al oeste de Estados Unidos, para instalarlos en las reservas del 'Territorio Indio' (al occidente del Misisipi). Inevitablemente, los colonos blancos cruzaron el río rumbo al oeste. Pronto, las tribus del oeste también fueron desplazadas hacia reservas. Durante la marcha forzada de 300 millas del pueblo navajo desde Arizona —a la que llamaron 'La Larga Caminata'— murieron más de 200 personas, seguidas por otras 2.000 cuando la reserva resultó ser estéril. Los nez percé tomaron el asunto en sus propias manos, emprendiendo un viaje de 1.700 millas para evitar el mismo destino. Posteriormente capturados y trasladados, estos pueblos vieron su historia repetirse una y otra vez a medida que las culturas chocaban".
Este párrafo, que reseña sólo uno de los tantos abusos que el gobierno de Estados Unidos -y los civiles blancos que apoyaba- cometió contra los pueblos originarios, forma parte de la exposición permanente del Museo de la Inmigración de Nueva York en la Isla Ellis. En éste se exhiben imágenes, testimonios y audios que despliegan con crudeza la trayectoria de la colonización del país del norte. Con sus claros, por cierto, pero también con sus grises y oscuros: exámenes médicos degradantes, marcas para clasificar a los recién llegados como si de ganado se tratara, días e incluso semanas en recintos insalubres a la espera de ingresar al continente o ser devueltos a Europa, principalmente.
Una franja de mica dispuesta a lo ancho de una pared protege el clamor de los que antes estuvieron: son los grafitis centenarios de quienes, con angustia, esperaban en una sala su momento para testificar y lograr la liberación de sus parientes y amigos. O su deportación.
Vestigios expuestos a los ojos de hoy de manera crítica, sin maquillaje de contexto, sin lavado de imagen. Muestran lo que fue, no lo que nos gustaría hubiera sido.
En esto pensé cuando el alcalde de Coyhaique Carlos Gatica difundió un acuerdo entre el municipio, a través de la Corporación de Desarrollo comunal, para implementar un Museo del Salmón en el marco de un futuro Centro Integral de Desarrollo Acuícola. El objetivo, "poner en valor el origen de la industria en Chile y su impacto en el desarrollo del sur austral", a cuya materialización se han sumado la Universidad de Los Lagos y la Universidad de Aysén. Y en un futuro, han dicho, las empresas del sector.
Tanto la municipalidad de Coyhaique como las universidades son organismos de interés público. Y en calidad de tales, es esperable que se involucren en el proyecto bajo tal perspectiva. Una que dé cuenta de la integralidad de lo que ha significado la industria que introdujo masivamente en ríos y lagos del sur y la Patagonia una especie originaria del hemisferio norte. Esto, si lo que se quiere es "rescatar la historia".
Previo al aterrizaje de las salmoneras, existía en el sur y austro de Chile toda una tradición asociada a la pesca artesanal y la extracción bentónica. Que no es sólo producción, es también una forma de ver el mundo. Las culturas mutan, es verdad, pero también se pierden por el despojo impuesto. ¿Mostrará aquello el museo?
Previo al aterrizaje de las salmoneras, las áreas protegidas del Estado no habían sido impactadas (ambiental y visualmente) por grandes procesos industriales en sus áreas marítimas. Hoy aquello ha cambiado, con las más de 400 concesiones vigentes en las reservas nacionales Las Guaitecas, Kawésqar, y los parques nacionales Isla Magdalena, Laguna San Rafael, Bernardo O'Higgins y Alberto de Agostini. ¿Mostrará aquello el museo?
Previo al aterrizaje de las salmoneras, había una rica biodiversidad en ríos y lagos. Pero eso ha cambiado. Dramático ejemplo es el fiordo Comau (en la provincia de Palena, frente a la Isla Grande de Chiloé) "considerado un laboratorio natural, pues alberga una gran variedad de especies como crustáceos, cangrejos, anémonas o pepinos de mar". Actualmente operan en la zona 24 centros de salmones, resultando en una drástica disminución de su biodiversidad. ¿Mostrará aquello el museo?
Y tras la llegada de las salmoneras, múltiples han sido los conflictos sociales y ambientales protagonizados por sus malas prácticas: crisis del virus ISA entre 2007 y 2010 por sobreproducción y hacinamiento, el "Mayo Chilote" de 2016 con protestas de las comunidades de la isla por la grave crisis ambiental y económica que generó la marea roja y la descomposición de cinco mil toneladas de ejemplares muertos. Esto, junto a diversos casos de muerte de ballenas en áreas donde se emplazan centros de cultivo, decenas de buzos fallecidos en sus operaciones, casos de corrupción de empresas con doble militancia (pesqueras y salmoneras). ¿Mostrará aquello el museo?
El devenir de los pueblos (y los sectores productivos, si se quiere) no sólo está dado por los logros que se quieren develar. También por los errores y horrores que no se está dispuesto a callar. Es el paso previo para enmendar el rumbo.
Confiamos en que las instituciones públicas involucradas en este proceso aporten desde su rol a contar la historia completa. Para que el anunciado museo sea un aporte real al debate y la memoria, y no sólo el panegírico de una nueva operación de marketing del Estado salmonero.


















