Columnista, Colaborador
Vivir en Coyhaique es un privilegio que nos conecta con una naturaleza imponente, envidiable y siempre presente. Sin embargo, esa misma condición nos impone el desafío de habitar nuestra geografía con respeto. En un contexto global donde lluvias intensas y fenómenos climáticos han sido y serán cada vez más frecuentes, mirar nuestras quebradas urbanas y entender su función, no es solo un tema de urbanistas, geógrafos u otros profesionales de la materia; es una tarea conjunta de conciencia ciudadana y cuidado colectivo.
Las quebradas actúan como el sistema de drenaje natural del territorio, guiando una evacuación natural y escurrimiento del agua hacia los ríos, conformándose en corredores biológicos y teniendo la oportunidad de convertirse, dentro de las áreas urbanas, en espacios habilitantes para una infraestructura verde azul (entendida ésta como una red que conecta los elementos naturales presente en la ciudad, gestiona correctamente el agua y diseña elementos del entorno urbano que complementan el espacio público).
Hasta ahí todo bien, sin embargo, el riesgo aumenta y el desastre ocurre cuando, por desconocimiento o urgencia habitacional, se intervienen estos espacios sensibles, con soluciones poco adecuadas o se transgrede la normativa aplicada a dichas zonas de restricción que las convierten muchas veces en áreas no edificables.
Por ello, y dado que en nuestra ciudad de Coyhaique contamos con al menos cuatro quebradas importantes dentro del área urbana, tales como: Las Lengas, La Cruz, El Carbón, y Fresia, debemos ponerles la atención que merecen.
Para ello se requiere un esfuerzo conjunto. Por un lado, una regulación firme y preventiva por parte de las autoridades, quienes deben liderar la fiscalización de las zonas de riesgo, actualizar las herramientas de planificación y ofrecer alternativas habitacionales dignas en terrenos aptos. Por el otro, una ciudadanía consciente que entienda que proteger las quebradas es protegerse a ellos mismos y a sus propios vecinos. No se trata de generar alarmismo, sino de comprender que cada intervención en el paisaje tiene una consecuencia directa en la seguridad de la comunidad.
Los desastres no son "naturales" sino más bien producto de la intervención humana, y se previenen cuando el desarrollo urbano conversa con la naturaleza.
En este sentido, existen las propuestas del estudio elaborado por la Corporación Ciudades, que reforzando la actual zonificación del Plan Regulador, propone transformar estas zonas en franjas de parques urbanos y espacios de reforestación que protejan el suelo, abriendo a la vez espacios públicos seguros para el esparcimiento de las familias. En tiempos de actualización de nuestra normativa territorial, no olvidemos dónde y cómo vivimos, y proyectemos una ciudad que respete el diseño original de la geografía de nuestro paisaje.























