Patricio Ramos, Ciudadano
Hay una frase cuya autoría se disputa entre Confucio, Lincoln, Dostoievski y algunos más. Como suele ocurrir con las buenas sentencias, terminó perteneciendo a todos. "Si quieres conocer a un hombre, dale poder."
Y no es necesario darle mucho.
Basta ese que cabe en un escritorio, en una credencial o en una firma; no hace falta gobernar un país, basta la presidencia de un centro de padres, un cargo vecinal o la llave de una bodega.
Es cómico cuando un ser humano descubre que puede hacer esperar a otro cinco minutos. Hay personas que jamás habían tenido una opinión sobre sí mismas hasta que recibieron un timbre de goma.
El poder posee curiosas propiedades químicas. No cambia el carácter, evapora el pudor. No transforma a las personas, las revela, es un reactivo moral; como el Lugol, capaz de revelar el almidón contenido en una papa: el lector instruido sabrá que esta se torna de color violeta al recibir unas gotas.
Uno cree conocer a alguien y basta un nombramiento para descubrir que, en realidad, sólo estaba cesante de autoridad. Ese, de la gran sonrisa, no muy brillante, pero que compartía las bromas, ahora contesta los mensajes con lentitud litúrgica: ya que se ve mal un exceso de cordialidad, y si es posible, muestra mando, y si es con testigos, mejor. Es difícil imaginar una tragedia más pequeña.
El poder es relativo. El ministro depende del Presidente; el Presidente depende de los electores; los electores dependen de su paciencia; el empresario depende del mercado; el mercado depende de un miedo que nadie controla. El hombre que hoy espera reverencia mañana espera un examen médico —o una sentencia judicial- con la misma incertidumbre que cualquiera. Finalmente, todos dependemos de un corazón que jamás consulta organigramas antes de detenerse. La muerte es anarquista.
Pero la existencia tiene sentido del humor. Siempre termina organizando el mismo encuentro: el del hombre con el espejo. El cargo concluye, el teléfono deja de sonar con esa urgencia que parecía afecto y solo era conveniencia.
Hay quienes, despojados del poder, conservan intacta la estatura. Otros descubren, con una mezcla de sorpresa y melancolía, que nunca fueron gigantes. Apenas eran hombres subidos a una silla.
Y esa es la definición más exacta del poder, una silla transitoria que sólo los necios confunden con la altura.






















