Columnista, Colaborador
Cerramos otro año en Chile y, con él, una nueva ronda de promesas sobre inclusión laboral que vuelven a chocar con que seguimos dejando fuera del trabajo a quienes más experiencia tienen. El 2026 asoma como un año de cambios, pero el envejecimiento poblacional se acelera, la fecundidad continúa cayendo y el mercado laboral continúa con paradigmas y estereotipos que no permiten adaptarnos a la realidad actual.
Casi el 20% de la población chilena supera los 60 años. En 2050 será uno de cada tres. Sin embargo, solo el 31% de las personas mayores participa del mercado laboral. Si son mujeres, la cifra cae a un alarmante 20%. Más de la mitad trabaja en la informalidad. No es falta de ganas ni de capacidades. Es edadismo. Un sesgo estructural, silencioso y profundamente normalizado que sigue asociando edad con obsolescencia.
Mientras tanto, seguimos discutiendo la inclusión como si fuera un gesto de buena voluntad y no una necesidad real social, cultural y hasta económica. La OCDE ya lo advirtió. Hacia 2050 habrá 56 personas mayores inactivas por cada 100 trabajadores activos en promedio, y Chile duplicará esa proporción. Traducido al lenguaje de recursos humanos, menos fuerza laboral, más presión fiscal y un desperdicio masivo de capital humano con experiencia.
En este contexto, no deja de ser significativo que el presidente electo, José Antonio Kast, haya puesto el tema sobre la mesa en su programa de gobierno. Allí plantea impulsar una reforma laboral orientada a la adaptabilidad, con contratos multifuncionales, jornadas flexibles y nuevas formas de organización productiva que faciliten el empleo de personas mayores de 55 años. Reconoce, además, que Chile enfrenta una emergencia laboral que golpea con especial fuerza a mujeres, jóvenes y trabajadores senior. El diagnóstico es correcto. La pregunta es si lograremos avanzar significativamente .
Porque mientras países como Japón, España o Uruguay avanzan con subsidios, incentivos y marcos regulatorios concretos para la empleabilidad senior, en Chile recién este año ingresó al Senado un proyecto para incentivar la contratación de mayores de 50. Sin urgencia legislativa. Sin prioridad política.
Este no es solo un debate de justicia social. Es una decisión estratégica. Necesitamos un plan nacional que promueva el trabajo flexible, por temporadas, fomente el autoempleo senior, impulse la capacitación continua y desafíe la cultura organizacional que expulsa y deja de incluir talento solo por cumplir años.
La generación 55+ quiere y puede seguir aportando. Tiene experiencia, criterio y compromiso. Lo que falta no es discurso. Es voluntad política y empresarial. Si en serio queremos hablar del futuro del trabajo, debemos empezar por mantener en el mercado laboral a quienes aún tienen mucho que aportar.




















