Redacción, Diario El Divisadero
Hoy en día, Caleta Tortel es reconocida a nivel mundial como un ícono de la Patagonia chilena. Sus pasarelas de madera de ciprés, declaradas Zona Típica en el año 2001, atraen a viajeros de todos los rincones del planeta que buscan comprender cómo la vida humana logró adaptarse y florecer entre fiordos, glaciares y canales indómitos. Sin embargo, como profesional del turismo y, sobre todo, como su nieto, sé que la verdadera riqueza de este pueblo no solo radica en su geografía o su arquitectura vernácula, sino en la memoria de los pioneros que construyeron su alma. Entre ellos, la figura de mi abuela, Ester Santibáñez Benavides, destaca como un pilar fundamental en la fundación de esta comunidad.
La historia de mi abuela con Tortel comenzó a gestarse en los albores de 1955. Siendo originaria de Osorno, soltera y con una sólida formación como profesora normalista, decidió responder al llamado de un territorio que exigía presencia y educación. La oportunidad se consolidó cuando dos pobladores del sector de Lago Vargas viajaron hasta Punta Arenas buscando desesperadamente una profesora. Le hablaron maravillas del lugar, de los niños que esperaban instrucción y, convenciéndola con su relato, mi abuela aceptó el desafío. Su incorporación al proyecto austral sumó un respaldo institucional clave cuando el contraalmirante Donald McIntyre la buscó en Punta Arenas y coordinó las gestiones de la Armada para el traslado de la familia y sus enseres hacia la remota zona.
El viaje se inició formalmente el 2 de enero de 1955. No emprendió esta aventura sola; la acompañaron su hermana Julia y sus dos hijos: Juan Adolfo y mi padre, Ramón López (quien tenía 8 años). La travesía en el barco de la Armada tomó 15 días hasta los faros de abastecimiento y carbón, continuando luego a bordo del histórico remolcador Micalvi. Tras sortear marejadas y vientos implacables, la llegada al destino final implicó un transbordo en bote por el río Baker hacia arriba en una travesía de 10 días para movilizar todas sus pertenencias. Inicialmente alojados por pobladores locales como los señores Sandoval y Vidal, se asentaron definitivamente en el sector que entonces se denominaba Bajo Pisagua, hoy conocido mundialmente como Caleta Tortel, coincidiendo con la creación del Puesto de Vigías y Señales de la Armada el 28 de mayo de ese mismo año.
La labor de mi abuela en esos primeros años exigió una fortaleza extraordinaria. La primera escuela, construida entre los montes vírgenes en el sector de Lago Vargas (a unos 40 kilómetros de la actual caleta), comenzó de la forma más rústica: levantada a fuerza bruta con hacha, labrando tejuelas y traccionando los troncos a caballo gracias a la cooperación de toda la vecindad. Inicialmente, la escuela atendía a un puñado de niños, pero bajo su dirección llegó a albergar a veinte alumnos fijos, funcionando además bajo una modalidad de internado rural para aquellos que provenían de los lugares más distantes.
En esa modesta sala de madera, donde una estufa luchaba contra el gélido clima patagónico, sus alumnos, muchos de los cuales asistían descalzos o empapados por la lluvia y el aserrín, no solo aprendían lectura y matemáticas; en ella encontraron un refugio donde se les inculcaban hábitos de higiene, cuidado y sentido de comunidad. Ante el desabastecimiento crónico y la falta de insumos, mi abuela llegó a confeccionar cuadernos artesanales con materiales costeados por su propio sueldo. Su creatividad pedagógica convertía el entorno en aula: combinaba las materias obligatorias con pichangas en el barro, el juego de las "bochitas" o el trompo.
Pero en el Tortel de mediados del siglo XX, ser profesora significaba ser mucho más que una docente. Como bien relata mi padre, Ramón, la subsistencia diaria era una batalla. Ante el aislamiento absoluto, mi abuela debía cabalgar de cuatro a cinco días por huellas pantanosas y bosques peligrosos hasta Cochrane para buscar víveres esenciales, debiendo en ocasiones esperar pacientemente que el caudaloso río Ñadis diera paso seguro. Además, actuó como enfermera improvisada, escribana comunitaria y articuladora social en un territorio marcado por el aislamiento invernal y las crecidas de los ríos.
El trabajo de Ester Santibáñez permitió que la escuela se transformara en el corazón social y cultural de un pueblo naciente. Varias generaciones de tortelinos crecieron bajo su guía, y en esa pequeña aula nació el impulso de superación de futuros carpinteros, pescadores y servidores públicos de la región. Mi abuela falleció hace ya cuatro décadas en Punta Arenas, la misma ciudad desde donde partió su travesía, pero su huella permanece indeleble.
Como su nieto y especialista en turismo, entiendo el patrimonio no como algo estático, sino como la herencia viva de una comunidad. Recordar hoy a Ester Santibáñez Benavides no es solo un acto de justicia histórica familiar; es una forma de honrar el rol que tuvo la educación y las primeras mujeres pioneras en la construcción territorial de nuestra Patagonia.
Su historia, escrita sobre madera, mar y vocación, merece seguir viva en la memoria de la Región de Aysén. Es por ello que, junto a la comunidad, abogamos por propuestas que perpetúen su memoria, como incorporar su historia en el currículo local, levantar un mural conmemorativo o bautizar una de las emblemáticas pasarelas de Tortel con su nombre. El futuro de nuestra identidad regional depende de no olvidar a quienes, con esfuerzo silencioso, nos enseñaron el camino.
Ignacio López, nieto de Ester Santibáñez






















