Cámara Chilena de la Construcción, Coyhaique
Coyhaique necesita entender que descontaminar no es solo cambiar calefactores: también es ordenar la ciudad. Hay discusiones que ya no podemos seguir tratando como "problemas separados". La contaminación atmosférica, la expansión urbana, la falta de planificación territorial, la movilidad, la calidad de la vivienda y la gestión del suelo forman parte de una misma realidad. Una ciudad no solo se contamina por lo que emite; también se contamina por la forma en que crece, se organiza y posterga sus decisiones estructurales.
El Plan de Descontaminación Ambiental, debiera permitir descontaminar una ciudad. En Coyhaique existe hace una década y, a la luz de los resultados, no logró su objetivo. La señal más clara es que hoy se requiere avanzar hacia un nuevo PDA 2.0. Mientras tanto, seguimos acumulando episodios críticos y los "llamados a reforzar medidas de autocuidado". Cuando la respuesta pública se reduce a pedir autocuidado, el mensaje para la ciudadanía es preocupante: estamos solos frente al humo. El Estado no debe transferir la responsabilidad a las familias y pensar que la contaminación tiene una sola causa sería un error. Tratarla solo desde la emergencia, también.
Diez años antes del PDA ya se había iniciado otro proceso clave: el Plan Regulador Intercomunal Aysén-Coyhaique (Prica), instrumento que el Minvu lleva dos décadas tramitando ante Contraloría. Su aprobación permitiría ordenar el crecimiento urbano y ser un marco para actualizar los planes reguladores comunales, entre ellos el de Coyhaique, pues el que está vigente pertenece a una ciudad que ya no existe, del milenio pasado.
La pregunta entonces es inevitable ¿Puede un plan regulador influir en la contaminación de una ciudad? La respuesta es sí y mucho.
Un plan regulador actualizado no limpia el aire, pero puede evitar que la ciudad siga creciendo de una manera en que produce más contaminación y expone a más personas a sus efectos. En Coyhaique, donde la extensión urbana ha crecido significativamente y el límite urbano responde a una fotografía del pasado, la planificación territorial deja de ser un asunto administrativo: se transforma en una condición de salud pública, eficiencia urbana y calidad de vida.
Una ciudad extendida, dispersa y mal conectada obliga a más viajes motorizados, aumenta la congestión y eleva las emisiones asociadas al transporte. También son relevantes la vialidad estructurante, la densidad, las áreas verdes, los corredores de ventilación, los bordes de río, la topografía y la relación de la ciudad con sus vientos. En Coyhaique, donde la geografía, la inversión térmica y la calefacción domiciliaria inciden directamente en la calidad del aire, no podemos seguir pensando la planificación urbana como un trámite sectorial desconectado de la descontaminación.
Cuando una ciudad no cuenta con instrumentos actualizados, aparecen consecuencias como: crecimiento disperso, loteos alejados de servicios, mayor dependencia del automóvil, pérdida de áreas verdes, ocupación de sectores con mala ventilación, falta de jerarquía vial, congestión, expansión ineficiente y desigualdad ambiental. Algunos sectores terminan soportando más carga contaminante que otros, mientras la ciudad completa paga el costo de no haber decidido a tiempo cómo quería crecer.
La contaminación por material particulado no puede entenderse solo desde el calefactor individual. Debe considerar aspectos como: la localización de la vivienda, su calidad térmica, la distancia de servicios, movilidad y el modo en que usamos el suelo. Desde la Cámara Chilena de la Construcción sede Coyhaique, creemos que la correcta gestión del suelo es trascendental para avanzar hacia una ciudad más limpia, ordenada y sostenible. No se trata de reemplazar las políticas de descontaminación, sino de complementarlas con una mirada urbana seria. El PDA, por sí solo, no puede solucionar todos los problemas que una planificación territorial atrasada ha profundizado.
El desafío es mayor que aprobar un instrumento. Se trata de preguntarnos qué ciudad queremos ser al llegar a nuestro centenario. Coyhaique no debería aspirar a tener mejores alertas ambientales, sino a dejar de necesitarlas. No deberíamos normalizar que cada invierno vivir bajo el humo sea parte de nuestra identidad.
Si somos el corazón de la Patagonia, entonces ordenar la ciudad, descontaminarla y planificar su crecimiento debe ser una prioridad impostergable. Ese debería ser el verdadero legado de Coyhaique previo a sus cien años. Por eso, hablar de planificación territorial no es hablar de papeles, planos o burocracia. Es hablar del aire que respiramos. Y después de tantos años, llegó el momento de decirlo con claridad: la ausencia de planificación también contamina.






















