Columnista, Colaborador
En los últimos años, la seguridad ciudadana ha dejado de ser una preocupación exclusiva del espacio físico. Hoy, el delito también se instala en nuestros teléfonos, correos electrónicos y cuentas bancarias. En regiones como Aysén, donde tradicionalmente la confianza interpersonal ha sido un valor arraigado, esta nueva forma de criminalidad encuentra un terreno especialmente sensible: la buena fe de las personas.
Los delitos informáticos y económicos, como las estafas telefónicas, el uso malicioso de tarjetas bancarias, el phishing (suplantación de identidad digital) y el fraude electrónico, no operan mediante la fuerza, sino mediante la manipulación. Son delitos que apelan a la psicología humana: al miedo, a la urgencia, a la confianza y, en muchos casos, al desconocimiento.
Estos ilícitos consisten, en esencia, en engañar a una persona para obtener información confidencial, como claves bancarias, códigos de verificación o datos personales, o inducirla a realizar transferencias de dinero bajo falsas premisas. El delincuente ya no necesita forzar una puerta: le basta con una llamada convincente o un mensaje bien redactado.
El clásico "cuento del tío", por ejemplo, ha evolucionado. Hoy puede presentarse como un supuesto ejecutivo bancario que alerta de un fraude inexistente, solicitando claves para "bloquear" la cuenta; o como un mensaje de texto que simula ser de una institución financiera, invitando a ingresar a un enlace falso. También existen casos donde se clonan tarjetas o se interceptan datos en compras en línea poco seguras.
Frente a este escenario, la respuesta más efectiva no es únicamente tecnológica: es educativa. Las acciones comienzan con el conocimiento. Una ciudadanía informada es una ciudadanía menos vulnerable. En este sentido, es fundamental internalizar principios básicos de seguridad:
1. Las claves son personales e intransferibles
Ninguna institución bancaria, entidad pública o empresa solicitará claves, coordenadas, PIN o códigos de verificación por teléfono, correo o mensajería. Si alguien lo hace, estamos frente a una posible amenaza.
2. Desconfiar de la urgencia
Los delincuentes suelen generar presión: "su cuenta será bloqueada", "hay una transferencia en curso", "un familiar está en problemas". Esta urgencia busca anular el pensamiento crítico. Detenerse, respirar y verificar es clave.
3. No acceder a enlaces sospechosos
Mensajes con enlaces que redirigen a páginas similares a las de bancos o servicios conocidos son una de las principales vías de sustracción de información. Siempre es preferible ingresar manualmente a los sitios oficiales.
4. Corroborar en canales oficiales
Ante cualquier duda, la recomendación es acudir directamente a la sucursal bancaria o contactar mediante los números oficiales publicados en sitios institucionales. Nunca devolver llamadas a números desconocidos ni confiar en contactos entregados por terceros.
5. Proteger dispositivos y datos personales
Mantener actualizado el sistema operativo del teléfono o computador, utilizar contraseñas robustas y evitar redes Wi-Fi públicas para operaciones bancarias son medidas efectivas.
6. Revisar periódicamente los movimientos bancarios
Detectar a tiempo transacciones no reconocidas puede marcar la diferencia entre una pérdida menor y un perjuicio mayor.
Comprender que estos delitos no apuntan a la ignorancia, sino a la condición humana, es esencial. Cualquier persona puede ser víctima. Los delincuentes estudian comportamientos, utilizan lenguaje técnico, imitan protocolos reales y, muchas veces, manejan información previa obtenida de redes sociales u otras filtraciones. Por ello, la educación no debe ser ocasional, sino permanente. Debe formar parte de las familias, de los colegios, universidades, de las instituciones públicas y privadas.
En regiones como Aysén, donde la cercanía y el sentido comunitario son fortalezas, estas mismas características pueden transformarse en herramientas de protección. Informar a vecinos, advertir a adultos mayores, compartir experiencias y denunciar oportunamente permite cortar la cadena del delito.
En un mundo cada vez más digitalizado, la mejor defensa no es el miedo, sino el conocimiento. No se trata de desconfiar de todo, sino de aprender a reconocer las señales de alerta o amenaza y actuar con criterio. Estar atentos es, en definitiva, una forma de autocuidado. Así como cerramos la puerta de nuestra casa al salir, hoy debemos aprender a "cerrar" nuestros datos, nuestras claves y nuestra información personal.
Porque en materia de seguridad, la educación no solo protege: empodera. Y una comunidad informada es, sin duda, una comunidad más segura.




















