Jessica Igor Chacano, Periodista y magíster en Relaciones Internacionales
La semana pasada estaba frente a una disyuntiva, no sabía si escribir sobre el cuidado a nuestro planeta, ya que cada 22 de abril se celebra el Día de la Tierra, o bien dedicar algunas reflexiones sobre la lectoescritura. Finalmente, y considerando la coincidencia con la efeméride del día 23, me incliné por este último tema.
Mucho se habla sobre la alfabetización, la promoción de la lectura, y sobre el abanico de oportunidades que se abren para aquellas personas que pueden leer, frente a quienes son analfabetos. Pero ¿es realmente el ejercicio de leer o la enseñanza de la lectura un acto consciente? O ¿leemos en automático sin comprender en profundidad y sólo vemos signos pasando frente a nuestros ojos?
Aunque ha pasado bastante tiempo, recuerdo con mucha nostalgia y como si fuera ayer, cuando aprendí a juntar mis primeras letras. En aquella época no había muchos recursos didácticos, pero sí mucha dedicación de parte del aprendiz y del maestro. Sí, no me avergüenza ni me acompleja contar que mis primeras lecturas las hice a temprana edad, en mi casa, y fue el Silabario Matte junto a mi abuelita quienes me adentraron en el infinito universo de las letras.
No quiero ser autorreferencial ni anecdótica, pero pienso que es fundamental separar el aprendizaje en modo automático, del acto cognitivo consciente, en el cual hay una participación más activa de la atención. Y es aquí donde se debe poner el foco, porque actualmente, ¿cuántos niños y/o adultos pueden comprender un texto que contenga léxico que esté fuera de su eje paradigmático, o de su cotidianeidad?
Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) el año pasado el 57% de adultos, de entre 25 y 64 años, tenía bajos niveles de alfabetización, lo cual es realmente preocupante, ya que es más de la mitad que no comprende lo que está leyendo o no puede hacer una lectura profunda de un texto. Ahora, si vamos un poco más allá, ¿este mismo grupo de personas será capaz de redactar un mensaje de dos párrafos o una carta formal, que sea legible y coherente, en cuanto a forma y contenido?
Pero qué es lo que nos aleja tanto, de lo que supuestamente, nos pone en la escala superior de la evolución frente a otras especies. Todo el tiempo estamos alardeando de que somos superiores, porque manejamos un complejo sistema de lenguaje, el cual por supuesto incluye la lectura y la escritura, ¿pero lo comprendemos? Quizá hemos estado demasiado extasiados creyéndonos evolucionados y dejamos de aprender lo esencial para poder comunicarnos.
Tampoco debemos confundir evolución con avance tecnológico, porque claramente si estamos en condiciones tan críticas, poco podemos esperar de la ayuda tecnológica. En los 70' pasó algo parecido con el uso masivo de la calculadora portátil, simplemente, se dejó de usar el cálculo mental o con lápiz y papel, para usar de forma mecánica el aparato que nos saca las cuentas. Ahora con el uso masivo de la inteligencia artificial (IA) ¿será que también dejaremos de pensar?
Es un peligro inminente que el uso continuo de la tecnología transforme a toda a una generación en zombies digitales, con sus capacidades intelectuales atrofiadas y que dependan totalmente del uso de la IA. Si delegamos siempre el pensamiento y la estructura de nuestras ideas a una máquina, dejamos de tener pensamiento crítico.
Además, si el sistema falla o no tenemos acceso a él, nos quedamos mudos, ya que no seremos capaces de producir contenido o de construir un discurso propio. Por otro lado, ya comienza a notarse la escritura digital, siempre el mismo estilo y tono, y qué decir de los omnipresentes dos puntos en todos los textos.
Al final la lectoescritura es como el entrenamiento físico, si no usamos los músculos, estos se debilitan; lo mismo pasa con nuestro cerebro, si no leemos de forma consciente y regular vamos perdiendo el tono.


















