Ivonne Coñuecar, Escritora, periodista y docente coyhaiquina
En una sociedad que prioriza lo funcional y el consumo por sobre los procesos creativos, la producción de conocimiento y el desarrollo del pensamiento crítico, y que parece medirlo todo por su utilidad e inmediatez, me pregunto para qué leer. Es una pregunta que me hago de vez en cuando, porque necesito cuestionarme para reafirmar que la lectura es un mundo inconmensurable.
En los últimos años, la mediación de lectura ha cobrado fuerza en las políticas y prácticas para acercar los libros a diversos grupos de personas. Esa labor, que se cumplía tradicionalmente desde las salas de clases, también se desarrolla en espacios formales e informales, donde leer deja de ser una obligación escolar y puede convertirse en una experiencia significativa, marcada por la curiosidad y el placer.
El pasado 28 de septiembre, se aprobó la idea de legislar sobre la modificación de la Ley N.º 19.227, que en 1993 creó el Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura. Si bien esta ley ha sido modificada en otras ocasiones, el proyecto actual busca incorporar la mediación lectora como una labor relevante para facilitar el acceso a la lectura. Además, propone reconocer la lectura como un derecho y un bien público, destacando su importancia para el desarrollo del pensamiento crítico y la vida democrática.
El reconocimiento de la mediación lectora viene a confirmar que disponer de libros no garantiza, por sí solo, la formación de lectores, y que la construcción de un hábito lector requiere de un proceso de acompañamiento y oportunidades de encuentro. Esta labor, que no se limita al ámbito escolar, tiene un origen híbrido entre la educación popular, la bibliotecología comunitaria y una forma de habitar el mundo.
A propósito de las recientes elecciones en Brasil, y porque tengo una amiga escritora de la misma ciudad de Paulo Freire, vuelvo al pensamiento de este educador popular brasileño y a su paso por Chile, entre 1964 y 1969. Su trabajo vinculado a la alfabetización campesina y la educación popular dejó una huella imborrable a la que debemos volver. Para Freire, leer el mundo precede siempre a la lectura de la palabra. Bajo esta premisa, quien media la lectura no impone una interpretación, sino que abre un espacio para conversar, compartir experiencias y construir sentidos en conjunto. Comprende que antes de decodificar signos impresos en el papel, las personas ya decodifican su entorno, sus opresiones, su cultura y sus esperanzas. Así, la mediación se transforma en un puente político y afectivo, un espacio donde el libro dialoga con la vida concreta de las comunidades, avivando la curiosidad y el pensamiento crítico indispensables para ensanchar los márgenes de nuestra democracia, y volver a encontrarnos leyendo.
























