Patricio Ramos, Ciudadano Lo busqué durante décadas. Como un tesoro que un pirata ha perdido por descuido. Era un libro de tapas gruesas, blancas, y de portada tenía una ilustración de cierto fondo marino: en primer plano un barco hundido y su mascarón de proa, mientras, desde la izquierda, se asomaba un submarino peculiar. Desde niño, nada más cerrar los ojos, recordaba esa imagen.
Hay libros que se transforman en una especie de refugio. Permanecen en nosotros como una habitación antigua donde todavía resuena una voz, una tarde, una respiración infantil. Importa tanto lo que decían sus páginas como el modo en que acompañaron nuestros silencios. Así ocurre con aquella edición de "20.000 Leguas de viaje submarino", de la Editorial Iridium de1965.
Aprendí a leer en aquel libro de Julio Verne, pero también en los diarios que mi madre ponía en el piso cuando enceraba. Y acaso aprender a leer no haya sido para mí solamente descifrar palabras, sino empezar a comprender el mundo. Pienso hoy, después de medio siglo, en aquel niño solitario que abría lentamente sus páginas mientras afuera transcurría una tarde inmóvil. Había un destierro silencioso, una niñez recogida sobre sí misma, una manera de estar apartado del ruido de los otros. Y, sin embargo, en esa soledad no todo era vacío, pues estaba el libro. El libro como compañía. El libro como refugio. El libro como una lámpara encendida en medio de la penumbra.
Aquella edición antigua tenía dibujos que parecían grabados surgidos del fondo del océano y que trastornaban mi imaginación. El capitán Nemo no era solamente un personaje: era una presencia, un arquetipo. Había en él algo melancólico y distante que un niño puede reconocer sin comprender del todo. Porque los niños solitarios reconocen pronto a los seres apartados del mundo.
Allí nació mi vínculo con el agua, como un contrato perenne. Y no nació de una experiencia real, en el sentido usual del término, sino de una vivencia imaginada. Antes de conocer un río, una laguna o el mar, yo ya había descendido al océano a través de aquellas páginas. Peces, bosques sumergidos, noctilucas, anémonas, corrientes marinas, millas, proa, son palabras que me llamaron la atención, incluso me iluminaron. Todo aquello comenzó siendo literatura y terminó convirtiéndose en emoción verdadera. Hay lecturas que se infiltran en la sangre y ya no nos abandonan.
Mi inclinación hacia la pesca nace de ahí. Pescar no es solamente capturar un pez: es aprender a esperar. Es aceptar el silencio, mirar el agua como quien mira un misterio. Tal vez por eso aquel niño encontraba en la pesca una continuidad secreta con la lectura. En ambas cosas había quietud, distancia del mundo, conversación íntima con algo invisible. El anzuelo lanzado al agua y la mirada hundida en las páginas participaban de una misma esperanza.
Ese libro -como mi niñez- se fue diluyendo a medida que crecía, cediendo mi atención a otras cuestiones, otros libros tal vez, hasta que desapareció de mi vista un día. Desidia probablemente.
Sin embargo, hace solo días, encontré el libro a través de un aviso de Internet. Lo compré.
Han pasado cincuenta años. Y, sin embargo, ciertos objetos vencen al tiempo. Esa vieja edición continúa siendo mucho más que un libro antiguo. Es una parte de mi memoria encarnada. Al tocarlo, no toco papel; acaricio mi infancia. Vuelven los cuartos silenciosos, las tardes lentas, la sensación de un mundo inmenso descubierto desde la soledad. Hay libros que envejecen con nosotros y terminan pareciéndose a nuestra propia alma, gastados, frágiles, persistentes.
Quizá por eso resulta imposible sustituir aquella edición por otra nueva y perfecta. Los libros nuevos tienen limpieza, brillo, lisura; los antiguos tienen vida. En las marcas del uso, en el lomo vencido, en las páginas fatigadas, permanece la huella del niño que fui, y en este caso —capaz- que la de otro niño que pudo leer este libro en otras latitudes.
Y acaso toda existencia consista en eso: en buscar el rastro perdido de uno mismo. Porque hay lecturas que no terminan nunca. Siguen respirando en nosotros, igual que el mar continúa respirando bajo la noche.




















