Patricio Ramos, Ciudadano Hace un par de jornadas completé la licencia que me ordenó la broncopulmonar. Días de encierro, y pensándolo bien, llevo más de un mes aquejado por una dolencia extraña -como todas en esta materia después de la pandemia-. Al parecer no fui el único.
Decidí hacerle caso a la doctora y, con la duda de si sigo contagiando, preferí irme temprano en busca de aires más húmedos y tibios, alejados de vientos secos, pastos brotando y semillas que se precipitan sobre mi alergia, que en este caso se confunde con la insidia de un mal mayor.
Así, conduje a Puerto Aysén, hacia sus cielos grises y su verde que lo inunda todo. Ya el manejar por esa carretera me enfrenta al primer hito de desconexión, que, sumado a la música -ítem fundamental en cualquier viaje- transformó el simple hecho de guiar un auto en algo que se acercaba a lo terapéutico.
En Aysén hice lo de siempre. Primero, comer en el lugar de siempre ya que en estas materias soy bastante conservador: si algo es bueno, por qué cambiar. Posteriormente, marcho lentamente -como quien camina por un hospital en plena convalecencia- a sentarme en una banca justo en la zona de la Costanera, procurando hacer ejercicios de respiración a fin de comprobar hasta dónde podía inflar mis pulmones sin toser y estimular mis decaídos bronquios.
Hechos estos ejercicios y especialmente relajado me dirigí —más lentamente aún- hacia la librería que está al final de calle Sargento Aldea, la que para mí es lejos la mejor de esta región: - "hola, ¿se puede mirar?" - pregunté como si no lo supiera. La vendedora y propietaria me reconoció: - "obvio"- me dijo, y me miró raro, yo creo que mi afonía estaba demasiado acusada para pasar inadvertida. Al final, me llevé un libro rarísimo: una 3ª edición del libro de Yankas, "Flor Lumao" de 1953. Lo propio hice en una especie de feria persa cubierta al frente de la plaza de armas, donde me hice del surrealista "Participación Ciudadana", de Errázuriz Eguiguren, de 1983.
Posteriormente, se me asomó por la cabeza la idea de pescar en alguno de los "spots" que tengo en esas tierras. La descarté, pues no debía abusar de mi suerte. Claro que para cuando llegué a esa conclusión estaba bordeando el río Los Palos, pasando unas cabañas donde alguna vez me alojé. Más allá todo era desconocido.
Y así seguí lentamente recorriendo ese camino, bellísimo, que se iba adentrando en algún valle que después desembocaba en otro, y, que a su vez se conectaba con uno más pequeño: una cuenca perpendicular a los anteriores. Iban apareciendo cerros que no conocía, bosques azulados y praderas muy verdes como la comarca que imaginó Tolkien. El bosque siempreverde no me termina de sorprender, vi verdaderas cortinas de arrayanes y lumas; las tepas me parecieron más grandes que en otros lugares y los helechos se alzaban muy rectos. De pronto el camino dio un giro brusco hacia el Pacífico y me encuentro con la punta de la Laguna de los Palos, que a mí me pareció más bien un lago en forma, extenso y de aguas que esta vez estaban bastante picadas gracias al viento que venía desde la costa. Pude observar diversos lugares propicios para intentar engañar a las truchas residentes. Me detuve un rato y obtuve unas fotos magníficas. Justo de frente me encuentro con otro viajero al cual le pregunté dónde termina el camino, pensando que este acaso diera la vuelta al lago y me permitiera volver sin retroceder. El viajero me dice que el camino termina solo más allá frente a una cascada. —"Para la próxima"- me dije
Pasadas las 17:30 y sin concebir cómo se me pasó el día, decido volver. En mi retorno a Coyhaique voy pensando en lo vivido, y siento un bienestar conocido, pero que no defino inmediatamente.
Es la felicidad del descubridor, del llegar a un sitio por primera vez, y que no pocas veces he sentido.
Pienso que nos atrae lo nuevo porque en ello se nos juega el alma, como si cada descubrimiento fuese un espejo inesperado. Salí hacia Puerto Aysén con la intención de repetir lo ya sabido, de caminar las huellas seguras de la costumbre.
Pero la vida, que gusta de contradecir nuestros planes, me llevó a un lugar que no conocía y que, sin embargo, me conocía a mí. Allí entendí que lo nuevo no es solo lo distinto, sino aquello que despierta sensaciones y preguntas dormidas. Vivimos para buscarnos, en cada camino no previsto late una fe secreta. Descubrir un sitio es descubrirse en él, sentir que el mundo aún tiene algo que decirnos y ofrecernos. Lo nuevo nos atrae porque nos promete sentido, aunque sea frágil, aunque sea momentáneo.
Y así, en ese rincón inesperado de Aysén, comprendí que la esperanza también viaja sin itinerario, y que basta desviarse un poco para volver a creer.





















