Columnista, Colaborador
En nuestra región hemos visto como en el último tiempo nos encontramos cada vez con más frecuencia, noticias que nadie quisiera leer, casos de delitos sexuales contra niños, niñas y adolescentes que aparecen en los medios. Estas noticias en un primer momento nos generan indignación, comentarios, preocupación y, durante algunos días, ocupan parte de nuestras conversaciones cotidianas, pero pasado unos días, como tantas veces, la noticia desaparece.
Hablar de delitos sexuales contra las infancias exige mucho más que referirnos a cifras, investigaciones judiciales o condenas, nos interpela a mirar una realidad que, aunque ocurre, muchas veces permanece oculta detrás de las puertas de nuestras propias familias.
Porque cuando hablamos de violencia sexual contra las infancias, con frecuencia hablamos también de secretos familiares, secretos que se guardan para "proteger" a la familia, se silencian porque quien agrede es un padre, un abuelo, un tío, un hermano, una pareja o alguien cercano. Y así, aquello que debiera ser una alarma se transforma en silencio.
Muchos de los casos denunciados, quien agrede pertenece al círculo cercano de la familia, y es allí precisamente, cuando esa estrechez puede hacer más difícil que una infancia pueda contar lo que está viviendo, y que los adultos y adultas a su alrededor puedan siquiera imaginarlo.
Cuando una familia enseña, explícita o implícitamente, que determinados temas no pueden ser nombrados, o que mantener la apariencia de normalidad es más importante que escuchar a un niño o una niña, estamos construyendo un escenario en el que la violencia puede permanecer invisible.
Por eso, frente a las noticias que hemos conocido en nuestra Región de Aysén, la pregunta no debiera ser solamente cuántos casos existen o cuántas condenas se han obtenido, sino preguntarnos: ¿Cuántos niños y niñas están viviendo hoy situaciones que todavía nadie conoce?, y a su vez, ¿qué he hecho yo para combatir esta situación?
Las preguntas son incómodas, ya que cuestiona no solo una realidad que me rodea, sino también mis propias acciones, como actor o actriz política de nuestra realidad.
En la misma línea, no podemos esperar que sean siempre las infancias quienes encuentren las palabras para denunciar aquello que los adultos y adultas no hemos querido mirar. Es nuestro deber como cuidadores y cuidadoras granates de derechos, que estas realidades se denuncien y salgan a la luz. Debemos educar desde el derecho, el derecho que tenemos todos y todas, incluidas las infancias, de hablar, dar su opinión, que su cuerpo les pertenece, que ningún adulto o adulta tiene derecho a pedirles que guarden secretos que les hagan sentir miedo, vergüenza o incomodidad. Que serán escuchados/as y que pedir ayuda no significa destruir una familia.
Y los adultos y adultas tenemos otra responsabilidad de aprender a escuchar, y garantizar los derechos de las infancias.






















