Editorial, Redacción La memoria de un pueblo no se construye únicamente a través de decretos oficiales, sino mediante el reconocimiento genuino y sentido de quienes han moldeado su identidad. Recientemente, la ratificación unánime del Concejo Municipal de Coyhaique para renombrar dos de sus espacios públicos más emblemáticos marca un hito en la gestión de nuestra historia local. Lo más relevante de este proceso es que la iniciativa nació del Consejo de la Sociedad Civil (Cosoc), demostrando que es la ciudadanía organizada quien debe liderar la recuperación y valoración de su propio pasado.
Es fundamental que la sociedad civil tome la iniciativa en estas decisiones. Cuando los nombres de los lugares que habitamos son elegidos de forma consensuada por representantes de la comunidad, se garantiza que el homenaje trascienda la coyuntura política. En este sentido, la presidenta del Cosoc, Yingo Vásquez, destacó la importancia de alcanzar acuerdos que reflejen el valor que ciertos personajes tienen para "nuestra gente", lo que otorga una legitimidad social que ninguna decisión impuesta desde arriba podría lograr.
El reconocimiento otorgado a Arturo Barros Medina y Antonio Horvath Kiss es un ejemplo de cómo el mérito debe primar sobre cualquier otra consideración. Por un lado, se honra la figura de Barros Medina, un destacado músico y compositor nacido en Balmaceda, cuya obra ha sido fundamental para rescatar la historia y la identidad patagónica, siendo incluso declarado Tesoro Humano Viviente de la región. Por otro lado, el Terminal de Buses llevará el nombre de Horvath Kiss, un influyente político que dedicó su vida parlamentaria al desarrollo regional y la protección del medioambiente.
Este acto evidencia una verdad necesaria: el legado de una persona en Aysén debe ser reconocido independientemente de su domicilio político o su oficio. Ya sea a través del arte que captura la esencia de nuestros sentimientos o mediante el servicio público que impulsa la descentralización, lo que realmente importa es la huella histórica y el aporte social dejado en la comunidad.
Nombrar estos espacios es una forma de mantener viva la memoria y los valores de compromiso y amor por la región para las nuevas generaciones. Que sea la sociedad civil quien proponga estos nombres asegura que los espacios públicos no sean solo estructuras de concreto, sino espejos de nuestra identidad regional.
Honrar a nuestros referentes es como plantar un árbol en la plaza principal: no solo embellece el entorno presente, sino que ofrece sombra y raíces firmes para que las generaciones futuras sepan quiénes cuidaron la tierra antes que ellos.




















