Columnista, Colaborador
En una columna anterior nos preguntábamos si era posible anticipar la sequía en las praderas ganaderas de secano de Aysén. Cuando el deterioro del forraje se vuelve evidente, las posibilidades de adaptación ya se han reducido. Buscamos reconocer las señales antes del daño y ganar tiempo para prevenirlo.
Para avanzar en esa dirección relacionamos el porcentaje de humedad aprovechable del suelo al 30 de septiembre con los días que transcurren, desde el 1 de octubre, hasta la aparición de una anomalía negativa del NDVI estandarizado. Este índice compara el vigor vegetal con sus valores históricos para esa época. Pero una anomalía, por sí sola, no demuestra que exista sequía. Para distinguirla de heladas, incendios o plagas deben considerarse su persistencia, extensión, velocidad y concordancia con el clima y la humedad del suelo.
Los resultados iniciales son alentadores. El modelo presenta un coeficiente de determinación R² de 0,68, cercano a 0,70. Esto significa que explica aproximadamente el 68 % de la variabilidad observada en el tiempo hasta la anomalía, aunque persiste incertidumbre. Parte de esta capacidad se relaciona con lo que denominamos " la memoria hídrica del suelo" , expresada en el agua disponible al cierre de septiembre. En esa condición influyen la textura, estructura y origen del suelo, las especies forrajeras presentes, la fertilización y la historia de pastoreo.
A esa información añadimos la anomalía térmica de los últimos siete días de septiembre, medida respecto de las temperaturas históricas de esas fechas, y la tendencia de la temperatura media. Probamos regresiones lineal y logística, modelos de supervivencia de Cox y redes neuronales. La evaluación retrospectiva de 22 temporadas no identificó falsos negativos dentro de los casos examinados, aunque algunas alertas situaron el inicio del evento antes de lo observado. Esto favorece la prevención, pero aún falta validación independiente y reducir el error temporal.
Aquí surge una responsabilidad que trasciende la investigación. Producir conocimiento regional debe servir para reducir incertidumbres productivas, no permanecer exclusivamente en publicaciones académicas. Las universidades pueden desarrollar y contrastar estas herramientas; al Estado le corresponde impulsar información ambiental continua, investigación aplicada y mecanismos de transferencia que permitan a los productores utilizarlas efectivamente.
La seguridad hídrica no supone garantizar que llueva. Supone construir capacidades públicas y productivas para anticipar riesgos, proteger el forraje y sostener decisiones informadas. En Aysén, articular ciencia, Estado y productores permite enfrentar mejor la incertidumbre climática.






















