Editorial, Redacción El decomiso de 39 kilos de marihuana en Aysén deja, sin duda, una señal positiva respecto del trabajo investigativo desarrollado por el Ministerio Público y la Policía de Investigaciones. No se trata de un hallazgo casual, sino del resultado de una labor coordinada que permitió sacar de circulación una cantidad de droga que habría tenido un impacto considerable en la comunidad regional.
La magnitud del operativo provocó sorpresa. Y es entendible. En una región como Aysén, donde todavía persiste cierta idea de aislamiento y distancia respecto de los grandes problemas urbanos del país, un decomiso de estas características golpea fuerte. Pero el verdadero problema no está únicamente en los kilos incautados. Está en lo que este hecho revela sobre una realidad que hace tiempo dejó de ser ajena.
Aysén ya no puede pensarse como un territorio inmune al avance del narcotráfico y del consumo de drogas. El aumento del acceso a distintas sustancias, especialmente entre jóvenes y adolescentes, es una preocupación que hace años viene creciendo de manera silenciosa. Lo alarmante es que muchas veces la conversación pública sigue reaccionando solo frente a los grandes procedimientos policiales, mientras el deterioro cotidiano avanza lejos de las cámaras.
Porque detrás de cada decomiso existe una demanda. Y esa demanda no nace en otra parte: está dentro de nuestras propias comunidades. Hoy resulta cada vez más común que el consumo se inicie a temprana edad, muchas veces normalizado socialmente o minimizado bajo la idea de que ciertas drogas serían "menos dañinas". Sin embargo, el tránsito hacia sustancias más agresivas y el impacto que eso genera en la salud mental, en las familias y en la convivencia social, es una realidad que ya golpea a distintos sectores de la región.
El desafío, entonces, no puede agotarse en el control policial. La persecución del tráfico es indispensable, pero insuficiente si no existe una política preventiva mucho más profunda y sostenida en el tiempo. Ahí aparece una deuda evidente: fortalecer el trabajo educativo, comunitario y territorial antes de que el problema siga escalando.
La prevención no puede limitarse a campañas esporádicas ni a discursos de ocasión. Requiere presencia constante en escuelas, barrios y espacios comunitarios. Requiere también reconocer que el consumo de drogas dejó de ser un problema lejano o excepcional. Hoy forma parte de una realidad incómoda que muchas veces se prefiere no mirar de frente.
El decomiso de estos 39 kilos evitó que una gran cantidad de droga llegara a circulación. Pero sería un error conformarse con celebrar el procedimiento. El problema de fondo sigue ahí. Y mientras el consumo continúe avanzando silenciosamente en la región, ningún decomiso, por impactante que sea, alcanzará por sí solo para cambiar esa realidad.






















