Jessica Igor Chacano, Periodista y magíster en Relaciones Internacionales
Hace justo una semana, tuve el inmenso placer de poder observar la selva amazónica desde lo alto. Se veía como una alfombra gigante, mullida, espesa e interminable, surcada por sinuosos cauces de agua, que desde el cielo parecían culebras amarillas.
Al contemplar ese colosal territorio, nadie podría imaginar lo frágil y vulnerable que podría ser ese gigante verde frente a las ambiciones y la negligencia de una sociedad de consumo masivo. En la selva amazónica viven más de 35 millones de personas, entre indígenas originarios, colonos y ribereños. Sin embargo, ellos nunca han sido una amenaza para su hábitat. Nosotros, los que estamos por fuera, si lo somos.
Vivimos tiempos extraños, porque desde hace unos años a esta parte, cada inicio de primavera o de verano se transforma en una verdadera sentencia de muerte para las áreas verdes del planeta. Estas estaciones, que antes daban inicio al florecimiento y resurgir de la vida, han pasado a ser la temporada de incendios y de sequías extremas, que acaba con todo tipo de vida a su paso.
El problema es que, si bien estamos atravesando un ciclo planetario que incluye un cambio climático que está en su apogeo y avanza a pasos raudos, por otro lado está la avaricia de algunas personas, con una ambición tan desmedida que sólo les importa concretar sus proyectos, y si para conseguir esos fines tienen que quemar y talar toda la corteza terrestre, lo harán.
Muchos pensarán, "¿pero a mí qué puede importarme? mientras el incendio no sea en mi territorio", o "el Amazonas está muy lejos para que pueda afectarme". Bueno, el asunto es que no es así, ya que la selva amazónica actúa como el órgano vital regulador del clima y la vida en toda la Tierra, entonces sí nos afecta y nos debería importar a todos.
La ciencia ha lanzado una advertencia definitiva, el Amazonas se acerca peligrosamente a un "Punto de No Retorno". Esto no se trata de una fecha lejana, sino de un límite físico; si la deforestación avanza el 20% la selva perderá la capacidad de generar sus propias lluvias y comenzará un proceso de sabanización.
Y cuando ese motor climático se apague, el mayor sumidero de carbono del planeta se convertirá en una chimenea masiva, devolviéndonos toneladas de todos nuestros deshechos que le entregamos por siglos. Al día de hoy ya hemos destruido cerca del 17%, entonces el margen que nos queda para evitar el colapso global no se mide en décadas, sino en un puñado de hectáreas.
Lo peor de todo, es que el destino del planeta está en manos de unos pocos. La política partidista juega un rol fundamental en lo que sucederá en este corto plazo de vida que nos queda. En las últimas décadas el medio ambiente se ha convertido en un campo de batalla ideológico, y lo que debería ser un consenso científico universal se fragmenta.
Un partido adopta la bandera verde —a veces de forma muy superficial- y el partido opositor con el puro afán de discrepar, adopta posturas negacionistas o prioriza el extractivismo inmediato para generar empleo a corto plazo.
Entonces es fundamental asumir una postura y poner todos nuestros esfuerzos en proteger el pulmón verde del planeta, y no sólo al Amazonas sino a todas las áreas verdes y reservas de agua que aún no han sido quemadas o contaminadas. Hasta el momento todos vamos en el mismo barco y si se hunde nos ahogamos todos. O nos salvamos o irremediablemente desaparecemos.






















