Columnista, Colaborador
La aprobación de la "megarreforma" en el Senado ha abierto un debate que no puede minimizarse. Dicen que se trata de inversión y crecimiento económico del país, pero para mí la pregunta que también debemos hacernos es otra, ¿cómo cambiará la vida de las personas que trabajan todos los días?
Desde el Trabajo Social sabemos que las leyes no quedan escritas en el papel. Llegan a las casas y eso siempre es así. Llegan a las mesas donde una familia intenta organizar sus gastos, al cansancio de quien trabaja toda la semana y aún así no logra llegar a fin de mes, o a la madre que debe elegir entre quedarse una hora más en el trabajo o alcanzar a buscar a su hijo al jardín.
El informe del Colegio de Trabajadoras y Trabajadores Sociales advierte que esta reforma incorpora cambios como la posibilidad de ampliar la jornada laboral, modificar la indemnización por años de servicio y reducir herramientas de fiscalización laboral. Para algunos serán ajustes al mercado, para muchas personas pueden significar más incertidumbre.
Pensemos en un trabajador con veinte años en una empresa que es despedido. Si disminuyen las protecciones frente al término del contrato, no sólo pierde un empleo. También pierde parte de la seguridad con la que sostenía a su familia mientras busca una nueva oportunidad.
O imaginemos a una cuidadora que ya dedica gran parte de su día a un familiar mayor o a una persona con discapacidad. Si además debe trabajar más horas, ¿quién cuida? Esa pregunta suele responderse dentro de la casa y, la mayoría de las veces, son las mujeres quienes terminan asumiendo ese costo.
Chile necesita crecer. Eso es indiscutible. Pero el crecimiento económico no debería medirse por las cifras de inversión. También debería medirse por la tranquilidad que tienen las familias para enfrentar una enfermedad, un despido o la crianza de sus hijos.
El Trabajo Social nos recuerda algo simple, detrás de cada artículo aprobado hay personas. Por eso, una buena reforma no es solo la que mejora los indicadores económicos, sino aquella que también fortalece la seguridad, la dignidad y la calidad de vida de quienes sostienen el país con su trabajo.
Ese es el debate que no deberíamos perder de vista. Porque el verdadero desarrollo no consiste únicamente en hacer crecer la economía, sino en asegurar que ese crecimiento también mejore la vida de todas personas.






















