Columnista, Colaborador
Hay algo que conviene separar antes de contar mujeres en ministerios, seremías, directorios o espacios de decisión: presenciano es transformación; una mujer puede llegar a una institución, dirigirla y ocupar un cargo público, pero nada de eso garantiza que cambien las preguntas que esa institución hace, sus prioridades ni la forma en que comprende a las mujeres.
Entonces la pregunta deja de ser únicamente quién llegó al cargo ¿qué cambia realmente cuando una mujer ocupa un espacio que durante décadas fue pensado, administrado y organizado sin ellas?, ¿qué ocurre cuando la presencia femenina se vuelve prueba suficiente de igualdad?, ¿basta con ocupar una silla para alterar la mesa, sus reglas y aquello que puede discutirse sobre ella?
Porque llegar importa; durante demasiado tiempo las mujeres estuvieron ausentes de esos espacios. Sin embargo, convertiresa llegada en prueba de transformación puede detener la discusión, como si un rostro femenino bastara para modificar una estructura, como si compartir una identidad garantizara una mirada común sobre experiencias atravesadas por territorio, cuidados, trabajo y violencia.
En Aysén la tensión se vuelve especialmente visible. La actual gestión ha puesto énfasis en ampliar la participación femenina en sectores como minería, construcción y transporte, además de fortalecer la autonomía económica; son oportunidades reales, pero ¿qué cambia en esos espacios cuando ellas entran?, ¿se modifican las jornadas, las jerarquías, las posibilidades de ascenso, la distribución del cuidado?, ¿o seguimos midiendo el avance únicamente contando cuántas lograron ingresar?
Ahí apareceuna confusión que deberíamos mirar con más cuidado: una institución puede aumentar la presencia de mujeres y conservar intactasu manera de decidir; puede hablar de autonomía mientras define desde arriba qué significa ser autónoma; puede convocar participación y escuchar sin que esa escucha modifique una sola prioridad.
Y ese punto importa en una institucionalidad creada para abordardesigualdades de género: no basta con que sus cargos estén ocupados por mujeres si los diagnósticos y las respuestas permanecen intactos. La pregunta no es solo quién está adentro, sino qué logra mover desde adentro.
Entonces quizá el problemano sea quién ocupa el cargo, sino cuánto puede cambiar una institución cuando quienes llegan comienzan a cuestionar las reglas que la sostienen.
Porque una política dirigidaa mujeres no se vuelve transformadora solo porque las nombra, del mismo modo que una institución no cambia solamente porque una mujer la conduce.
Eso exige algo más incómodo: escuchar conflictos, aceptar desacuerdos, admitir que no existe una experiencia femeninaúnica y permitir que quienesson nombradas por la política pública también cuestionen la manera en que esa política las nombra.
Por eso no basta con preguntarcuántas mujeres llegaronni celebrar que ocupen lugares antes reservados a hombres; habría que preguntar qué cambió en las reglas, en las prioridades y en las decisiones porque llegaron, y cuánto espacio existe para que las mujeres que están fuera de esas instituciones también puedan tensionarlas.
Tal vez esa sea hoy la discusión pendiente: no quién ocupa la institución, sino si la institución es capaz de cambiarcuando las mujeresdejan de ser solamente presenciay empiezan a incomodar aquello que parecía natural.






















