Editorial, Redacción El turismo está llamado a convertirse en uno de los pilares más importantes del desarrollo económico de Aysén. No se trata únicamente de una actividad capaz de generar empleo o dinamizar servicios locales. También representa una oportunidad concreta para que la región aproveche de mejor manera una de sus principales ventajas comparativas: su patrimonio natural y paisajístico, reconocido hoy a nivel mundial.
Tanto el Gobierno como el Gobierno Regional parecen haber comprendido esta realidad. La elaboración de estrategias conjuntas con operadores y empresarios del sector apunta en la dirección correcta: construir una visión compartida, un lenguaje común y una hoja de ruta que permita proyectar la oferta turística regional hacia mercados cada vez más exigentes y competitivos.
La Patagonia posee una marca global de enorme valor. Sin embargo, el desafío para Aysén es que ese prestigio internacional también se traduzca en un posicionamiento propio. La región no puede conformarse con ser parte de un destino más amplio. Debe consolidar una identidad turística reconocible, capaz de destacar sus atributos específicos y generar beneficios directos para los territorios y comunidades locales.
En ese camino, la infraestructura aparece como una tarea urgente. La ampliación de la capacidad aeroportuaria es probablemente la necesidad más visible e inmediata. Recibir más visitantes exige mejores condiciones de conectividad. Pero el desafío no termina allí. Existe una brecha evidente en materia de infraestructura hotelera, particularmente en Coyhaique, donde la capacidad de alojamiento comienza a transformarse en un factor limitante para seguir creciendo.
Por eso resulta relevante la realización del próximo Congreso Nacional de Hoteleros en octubre. Más allá del encuentro gremial, la cita puede transformarse en una plataforma para atraer inversiones privadas y abrir conversaciones sobre nuevos proyectos de alojamiento. Si Aysén quiere aumentar su capacidad para recibir turistas durante todo el año, deberá ofrecer condiciones que permitan materializar esas inversiones.
Sin embargo, existe una advertencia que no conviene ignorar. El crecimiento turístico, por sí solo, no garantiza desarrollo. La industria es cada vez más competitiva y los destinos que se estancan terminan perdiendo terreno. Aysén necesita seguir diversificando su oferta, abrir nuevas rutas, fortalecer experiencias vinculadas a la cultura local, al patrimonio, a la naturaleza y a las distintas comunas de la región.
El riesgo de depender de unos pocos atractivos o de una temporada específica es real. La verdadera tarea consiste en construir un destino robusto, capaz de distribuir oportunidades y beneficios en todo el territorio.
Porque el desafío de Aysén ya no es solamente atraer más visitantes. Es estar preparada para recibirlos y convertir ese crecimiento en desarrollo regional sostenible.






















