Patricio Ramos, Ciudadano Olvidé cuántas veces me han dicho: "Podrías juntar tus columnas y sacar un libro". La operación involucra un gesto del interlocutor, un énfasis de quien descubre la rueda. He odiado, momentáneamente, a estas gentes, porque en su buena intención no se representan que semejante ocurrencia constituya una especie de lenta tortura.
Una que se inicia con dudas, de entre las que se yergue una: de los cientos de columnas que he escrito desde el año 2001, ¿cuál elijo? ¿Las mejores?
Y cuáles son esas. Acaso las de mayor lectoría. No, aquellas no necesariamente representan lo que pienso hoy respecto de muchos temas de antaño, cuando, no temiendo perder mi trabajo —pues no tenía—, daba cátedra de lírica ignorancia. Esa que es solo posible en la juventud, cuando escribimos cosas que nos parecen sensatas y despotricamos contra el sistema, lo que es lo mismo que hablar mal del clima, del Yeti o de alguna cosa igualmente etérea.
Por otro lado, me leo hoy, veinte de septiembre del 2026, y no reconozco aquella pluma, ni esas opiniones, ni mis antiguas certezas. Es que todo cambia, hasta la manera en que escribimos.
Alguna que me guste. Pero, una columna que hace seis meses me parecía portentosa, hoy la encuentro exagerada, solemne y sospechosamente parecida a la de otro tipo. En ocasiones, sencillamente me desagrada. Escribir tiene la ventaja de que permite ser su propio crítico y, además, no hay que pagar.
También podría elegirlas por temas: la familia, la naturaleza, los viajes, la pesca, mis dudas y certezas existenciales, mis amigos.
Imposible.
Mi columna tipo mete todos esos asuntos en una misma olla. Mucha razón traía mi mentor cuando advirtió que mi "manera de escribir, pues no podía hablar aún de estilo" —comentario que todavía me hiere (risas)— era una especie de colchón muy relleno, que casi explotaba de temas e interacciones.
Aún me pregunto cómo se hace para hablar de una sola cosa. Creo que el señor Editor me ha hecho un bien al obligarme a escribir 3.000 caracteres por columna. Ni uno más. Es una medida civilizatoria. Sin ella, probablemente esta columna terminaría hablando de pesca, de mi abuelo y de la decadencia de Occidente.
Descartada estas posibilidades, podría ser buena idea intentar un orden cronológico, que es como usualmente se agrupan las crónicas. Pero volvemos al problema inicial, el tipo sin canas y con las carnes apretadas del año 2001 no tiene nada que ver con el geronte que hoy se dirige respetuosamente al lector.
Finalmente, convencido de que escribo por puro placer, como prolongación natural de mi apetito por la lectura, hacer un libro, ya sea partiendo de la nada o desde la compilación de columnas, es algo que se me figura tedioso, que requiere método y otras atrocidades administrativas.
En definitiva, todos estos empeños se parecen demasiado al trabajo.
Y ya he trabajado bastante, como sabe el lector.






















