Carmen Gloria Parés Fuentes, Bibliotecóloga, Archivos e Investigación Histórica
Nunca imaginé que la muerte pudiera dibujar un mapa. No uno literal, con líneas, puntos cardinales o topografías medidas, sino otro: un mapa que se adentra en ella, que hunde sus señales como si cada tumba fuera un clavo que fija el territorio a la memoria.
A comienzos de 2005 comencé a pensar en los cementerios como lugares donde el paisaje se detiene a respirar. Había visto cruces en los caminos, animitas en las cuestas, pequeñas casas?tumba en medio de pastizales helados, pero no había visto todavía que todo era parte de un mismo relato profundo y silencioso.
Fue entonces cuando apareció una frase que no dejaba de repetirse en mí: 'desarreglo y desarraigo son la misma cosa'. No lo pensé como teoría, sino como sensación. Un presentimiento. Algo que se encendía cada vez que veía una tumba torcida, una cruz vencida, un cerco roto por el viento o por los animales. Algo que me decía que en esos detalles estaba escrita una historia mayor. No era un mapa de superficies. Era un mapa vertical.
Un mapa cavado.
Salimos al primer terreno con esa mezcla de intuición e incertidumbre que caracteriza a las cosas venideras. Íbamos cuatro: Mauricio, gestor del proyecto, quien tenía experiencia en estos andares y olfato para encontrar tumbas "invisibles". Francisco, arquitecto y fotógrafo, dueño de una mirada técnica y de una templanza que nos salvó más de una vez. Eugenia, embarazada, valiente y paciente compañía, viviendo su propia aventura; y quien escribe, a cargo de un tipo de registro "de campo", acompañada mi pequeña hija Ema. Lo que hacíamos juntas y juntos pertenecía a la logística, al registro, a subir, bajar, medir, entrevistar. Pero lo que vivía yo, (y así cada uno), lo que sentía, lo que se quebraba o se encendía, ocurría en soledad, incluso cuando compartimos la misma camioneta o el mismo pedazo de tierra.
Ese primer día, al mirar el mapa sobre la mesa, entendí que no estábamos marcando rutas para encontrarnos con gente viva, sino con gente muerta. Y que, a diferencia de todo mapa razonable, éste servía menos para orientarse que para perderse en una inmensidad "acotada". Es aquí -quizá más que en ningún otro lugar- que la muerte no parece ser un límite, sino más un modo de habitar.
Los cementerios, animitas y sepulturas dispersas en Aisén funcionan como una forma de conocimiento. Para comprenderlo, no basta con leer reglamentos y ordenanzas municipales; hay que descifrar una textura cultural que se hace visible en pequeñas decisiones de antaño: la orientación de una cruz, el material de una tumba, la distancia respecto al camino, la existencia o ausencia de cercos, la vegetación que se saca, se permite crecer o se deja que lo cubra todo. Aisén no tiene la monumentalidad fúnebre del norte, cuando la hay, ni las bóvedas ordenadas del centro. Tiene algo más frágil y verdadero: una conversación antigua entre la muerte y el territorio.























