Patricio Segura Ortiz, Periodista. psegura@gmail.com El concepto me tomó por sorpresa. Nunca lo había escuchado ni leído, aunque es un ámbito que forma parte de mis intereses y reflexiones sobre el conocimiento.
Lo dijo Al Gore en Santiago hace unas semanas. Habló de la IA menos conocida: la inteligencia ancestral. La que, como su nombre lo devela, nos ha acompañado durante milenios. Que ha nacido de observar e interactuar con el entorno que rodea al ser humano, a las comunidades.
Es esa inteligencia que se ha traducido en prácticas transmitidas intergeneracionalmente, en enseñanzas sobre sustentabilidad territorial, porque su vida y subsistencia dependía de ello. No tenían la capacidad de lanzar una bomba nuclear a miles de kilómetros de distancia sin recibir su impacto. Más bien al contrario, todo lo que hicieran podía afectarles de forma inmediata o a su descendencia.
Esa inteligencia se tradujo en los así llamados mitos. Y también en ritos. Nombres de lugares, incluso. Y definía sus decisiones. No se construía en riberas de ríos ni en lugares específicos porque así lo vivieron sus ancestros: eran humedales esporádicos, cauces de aluviones o de deslizamiento de lava. Ciertos frutos no se consumían porque cobijaban el espíritu del sufrimiento: contenían toxinas acumulativas. Determinadas especies se cazaban sólo en algunas épocas del año: posterior a su reproducción. Se sembraba y cosechaba según lo dictara el cosmos: la luz de la luna y el sol algo tenían que decir.
Es el sino de nuestra historia.
Cuando el ser humano alzó la mirada y divisó el firmamento, intuyó que algo podía decir sobre su vida. La presente y la futura. Que sus elementos moldeaban la personalidad, que podían incidir en nuestros estados de ánimo y equilibrio mental. Nació así la astrología.
Pasaron los siglos y elaboramos artilugios para sentirnos más cerca del cielo, al tiempo que cálculos matemáticos nos permitieron predecir órbitas, trayectorias, dimensiones. Nació así la astronomía.
La revolución científica de hace 500 años dio el triunfo al método científico como forma de acceder al conocimiento. Y, de paso, calificó la aproximación de los pueblos originarios de superchería. Superstición. De ignorancias que había que erradicar.
La ciencia, y particularmente la aplicación de sus descubrimientos, avanzó iluminando y destruyendo. Y en algún momento vio que la luna incide en las mareas, al igual que el sol. En un planeta cubierto en un 70 % de agua no es un dato menor. Hoy sabemos que la ausencia de luz natural afecta los estados de ánimo de las personas, al igual que la generación de vitamina D. En los embarazos, el impacto es también sobre el feto a través de su madre.
Y los agricultores lo saben: la luz de la luna llena tiene efectos en la germinación de las semillas, así como en la savia de los árboles. Un informe de la FAO ya lo decía en 2020: "Los agricultores que aún siembran implementando el uso de cada una de las fases lunares, obtienen un alto rendimiento en su cosecha, y las semillas pueden ser conservadas para futuras siembras".
Dato revelador: algunos pueblos originarios, que aplicaban la inteligencia ancestral, no estaban tan equivocados. El problema es que tardamos miles de años en asumirlo y de paso los invisibilizamos y ridiculizamos. Y en casos extremos, los exterminamos.
Ese sí que es un aprendizaje necesario de recuperar.






















