Patricio Ramos, Ciudadano
Ya he escrito sobre algunos amaneceres. Porque, gracias a Dios, aún amanece para el cronista, abriendo posibilidades ilimitadas, lo que se constituye en una visión positiva —y manida—, aunque no exenta de inquietudes, que no se detienen por más que uno se ocupe. En fin.
Los días, para mí, comienzan poco antes de las 6 a.m. y, por alguna inexplicable razón, me gusta hacer las cosas de ese horario —es decir, básicamente calentar agua para cebar los mates— sin encender ni una sola luz en mi casa. Lo que transforma la maniobra en casi imposible en invierno.
Como si me negara a despertar. Como si la oscuridad fuera una prolongación de la comodidad y seguridad de mi cama que, aún caliente, no esperaba que la abandonara a traición.
Llueve desde alguna hora indefinida. Y recuerdo que ayer lavé y colgué ropa, la que dejé un tiempo más, según yo, oreándose para aprovechar el tibio viento. Un error no forzado, de mediar una simple y diligente mirada al teléfono, que anuncia el clima con sorprendente exactitud. Reflexiono sobre las cosas que hoy me dan felicidad y, como se suele decir: "un día eres joven y al otro te sientes pleno al poder entrar tu ropa lavada y seca frente a los elementos".
A esa hora todavía no hay demasiadas certezas. La casa permanece en penumbras, el mate empieza a actuar y afuera Puerto Ibáñez parece atrapado entre la noche y el día. Es una hora extraña, porque uno todavía no es completamente responsable de sí mismo. Las obligaciones aún no han tocado a la puerta.
Y entonces aparece la música. A esa hora escucho música criolla, argentina, principalmente. Asoman sonidos que vienen de lejos, pero que, de alguna manera, estaban esperando dentro de mí. Canciones que conectan con la infancia, con personas, lugares y momentos normalmente archivados en otros horarios.
Después intento planificar el trabajo del día. Abro mentalmente la agenda, ordeno tareas, imagino fórmulas, textos, asuntos pendientes. El intento suele fracasar.
Es que es el momento de los sentidos, de los recuerdos, de aquello que no sirve para producir nada y que, sin embargo, nos devuelve algo esencial. Una canción puede llevarnos más lejos que una agenda. Un olor puede devolvernos treinta años. Una lluvia sobre un techo puede convertirse, sin previo aviso, en parte de nuestra biografía. Es una forma de poesía que no admite horarios ni planillas. Y eso, lejos de ser una distracción, quizás sea una forma de empezar el día.
Después vendrán los correos, los documentos, las obligaciones, los asuntos llamados serios y las cosas que urgentemente se declaran urgentes.
Por ahora llueve en Puerto Ibáñez, el mate espera aún caliente, la ropa ya está a salvo y una vieja canción consigue abrir una puerta hacia la infancia.
De eso se trata amanecer. No solamente de que salga el sol, sino de que, por un instante, algo dentro de nosotros vuelva a encenderse.






















