Columnista, Colaborador
Cada mes salen a la luz nuevas situaciones que evidencian los graves problemas asociados a la industria salmonera en Chile. Las noticias van desde episodios de mortalidad masiva de peces y denuncias de impactos ambientales en áreas protegidas, hasta el fallecimiento de trabajadores que desempeñaban sus funciones en instalaciones de esta industria en el mar.
Lo cierto es que estamos frente a una industria que no solo genera importantes impactos ambientales, sino que también somete a condiciones de cautiverio a criaturas extraordinarias como los salmones.
Estos animales, capaces de recorrer cientos e incluso miles de kilómetros durante sus migraciones naturales, pasan de explorar enormes extensiones de océanos y ríos a vivir confinados en jaulas marinas, nadando constantemente en círculos. De desempeñar un papel fundamental en los ecosistemas, pasan a vivir hacinados, expuestos al estrés, las enfermedades y los parásitos, algunos de los cuales también pueden afectar a otras especies marinas.
Las cifras permiten dimensionar la magnitud de esta realidad. Solo durante 2025, Chile "cosechó" más de 1,1 millones de toneladas de salmones, mientras que, según el Servicio Nacional de Pesca y Acuicultura (Sernapesca), la mortalidad total en los centros de cultivo de salmónidos alcanzó un 9,7%, equivalente a más de 60 mil toneladas de animales muertos. Son cifras que deberían invitarnos a reflexionar sobre lo que ocurre bajo la superficie del mar, donde la vida de estos animales se reduce a indicadores productivos.
Cuando hablamos del valor del agua, de nuestras costas y de sus recursos naturales, deberíamos pensar primero en la vida que albergan. Sin embargo, pareciera que su valor se mide principalmente en función de cuánto beneficio económico podemos obtener de ellas, incluso cuando eso significa comprometer ecosistemas que deberían estar protegidos.
La instalación de una salmonera puede generar beneficios económicos para determinadas localidades, empresas y para el Estado. Pero detrás de esos beneficios existe una realidad que no podemos seguir ignorando: denuncias de maltrato animal, contaminación ambiental y condiciones laborales peligrosas para quienes trabajan en estas instalaciones.
Y esto no es nuevo. Durante años, autoridades, organizaciones ambientalistas y animalistas han denunciado las consecuencias de esta industria. Entre estas últimas se encuentra la ONG Animal Libre, que próximamente estrenará un cortometraje documental titulado "Bajo las jaulas", donde expone las condiciones en que viven los peces dentro de las salmoneras y el sufrimiento animal que permanece prácticamente invisible para gran parte de nuestra sociedad.
Porque cuando hablamos de salmonicultura, solemos discutir sobre producción, exportaciones, empleos y crecimiento económico. Pero rara vez nos detenemos a pensar en los millones de animales que permanecen confinados bajo el agua.
Los salmones no son simplemente toneladas de producción ni cifras en los balances de una empresa. Son animales capaces de percibir su entorno, experimentar dolor y desarrollar comportamientos naturales complejos que difícilmente pueden expresar en las condiciones de la crianza intensiva.
Quizás ha llegado el momento de preguntarnos si el desarrollo económico puede seguir justificando que transformemos nuestros mares en espacios de confinamiento y sufrimiento para millones de animales, afectando a ecosistemas enteros por las condiciones en las que estas industrias trabajan.























