Universidad de Aysén, -
Desde 1987, cuando las Naciones Unidas instalaron la sostenibilidad como principio orientador del desarrollo, la idea del turismo sostenible ha definido el discurso turístico global. Sin embargo, tras décadas de debate, la pregunta sigue: ¿cómo traducir este principio en condiciones reales de bienestar para los habitantes de territorios turísticos?
Esta pregunta motivó mi investigación sobre sostenibilidad y turismo en Aysén Patagonia, mi tierra natal. Uno de sus hallazgos centrales fue que no existe una única forma de entender el turismo sostenible. Para algunas personas significa conservar la naturaleza; para otras, vivir del turismo indefinidamente; y para otras, que exista armonía entre visitantes y la comunidad anfitriona. También hay quienes lo asocian con poner límites, fiscalizar y regular el crecimiento. Todas estas visiones son legítimas, pues expresan necesidades y aspiraciones locales. No obstante, y más allá de ciertas diferencias, surgió una idea fundamental: el turismo sostenible no consiste sólo en atraer visitantes sin dañar la naturaleza. Consiste en construir territorios donde las personas quieran vivir y proyectar su futuro, y donde el turismo sea un medio para alcanzar ese propósito y no un fin.
Esta reflexión cobra especial relevancia en nuestra querida Trapananda, donde la demanda turística ha avanzado más rápido que la capacidad territorial para desarrollar infraestructura y servicios acordes. A ello se suma una tensión histórica: el centralismo y las desigualdades territoriales limitan la capacidad de las autoridades locales para responder a necesidades emergentes. El resultado es un crecimiento que supera nuestra capacidad de gestión. La sostenibilidad, por tanto, no es solo problemática ambiental. Es una cuestión profundamente social y política. Depende de cómo se distribuyen las oportunidades, de quiénes participan en las decisiones y de cuáles son las prioridades que orientan el desarrollo. En la misma línea, la investigación mostró que antes de pensar en atraer más turistas, se debe pensar en quienes habitan el territorio. Porque los destinos turísticos son, ante todo, lugares para vivir. Esto implica reconocer un principio clave: no existen recetas universales para alcanzar el turismo sostenible. La sostenibilidad es un paradigma adaptativo, que se construye desde las particularidades de cada contexto, entendiendo a los destinos como sistemas territoriales interconectados y no como la suma de unidades de negocio individuales. Así, las comunidades de Aysén Patagonia pueden y deben construir su propio camino, ya sea de la mano del turismo o priorizando otras formas de desarrollo.
El desafío de planificar el desarrollo considerando estas particularidades interpela directamente a las universidades públicas regionales, cuya misión no consiste únicamente en generar conocimiento, sino también en ponerlo al servicio de las comunidades y contribuir al desarrollo regional. Ese es uno de los sellos del proyecto educativo que promueve la Universidad de Aysén. En Ingeniería Civil Industrial, por ejemplo, hemos incorporado asignaturas vinculadas al turismo, la sostenibilidad y la gestión territorial, entendiendo que el futuro de la Región exige profesionales con capacidades técnicas, visión sistémica, pertinencia territorial y conciencia de los desafíos que enfrentan las comunidades ante el inexorable avance del turismo.
Así, antes de proyectar el crecimiento de este fenómeno socio-territorial, debemos preguntar: ¿Desean todas las comunidades abrazar el turismo como vía de desarrollo? Debemos escucharlas y debatir desafíos territoriales que, sin una regulación adecuada, representarán problemas mayores. La política turística no debe enfocarse solo en aumentar cifras, sino en construir territorios donde las personas puedan vivir con bienestar y desarrollar sus proyectos de vida. Porque el turismo no es un fin en sí mismo, sino una herramienta para crear mejores lugares para vivir.





















